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Alfonso III de Aragón

Nombre completo Alfonso III de Aragón
Nombre nativo Alfons d'Aragó
Descripción Rey de Aragón, de Valencia y de Mallorca, y conde de Barcelona (1285-1291)
Fecha de nacimiento 04-11-1265
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 18-06-1291
Nacionalidad Corona de Aragón
Ocupaciones soberano
Idiomas aragonés medieval, catalán antiguo
HermanosIsabel de Portugal, Violante de Aragón y Sicilia, Jaime II de Aragón, Federico II de Sicilia, Pedro de Aragón y Sicilia, Jaime Pérez de Aragón
EsposasLeonor de Inglaterra
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Alfonso III de Aragón, conocido en la crónica de su tiempo como el Liberal o el Franco, nació en Valencia en 1265 y falleció en Barcelona el 18 de junio de 1291. Hijo mayor de Pedro III de Aragón y de Constanza de Sicilia, heredó de su padre la autoridad sobre la Corona de Aragón y, por línea de su hermano, recibió otras dignidades y territorios. Su trayectoria se entrelaza con campañas sobre el Mediterráneo, consolidación monárquica y conflictos con la nobleza, con un protagonismo que dejó huella en Aragón, Valencia, Mallorca y Mallorca. Esta reconstrucción persigue una lectura original de aquellos hechos sin recurrir a frases hechas, pero fiel en los hechos centrales.

Alfonso III de Aragón — Imagen principal

Alfonso III de Aragón, conocido en la crónica de su tiempo como el Liberal o el Franco, nació en Valencia en 1265 y falleció en Barcelona el 18 de junio de 1291. Hijo mayor de Pedro III de Aragón y de Constanza de Sicilia, heredó de su padre la autoridad sobre la Corona de Aragón y, por línea de su hermano, recibió otras dignidades y territorios. Su trayectoria se entrelaza con campañas sobre el Mediterráneo, consolidación monárquica y conflictos con la nobleza, con un protagonismo que dejó huella en Aragón, Valencia, Mallorca y Mallorca. Esta reconstrucción persigue una lectura original de aquellos hechos sin recurrir a frases hechas, pero fiel en los hechos centrales.

Antecedentes familiares

El nacimiento de Alfonso se sitúa en la ciudad de Valencia durante una etapa de reconfiguración dinástica en la Península Ibérica. Fue el primogénito de la unión entre Pedro III y Constanza de Sicilia, una alianza que entrelazaba la casa real de Aragón con la casa de Sicilia, hija de Manfredo I de Sicilia. A la muerte de su padre, Alfonso recibió, de forma directa, la herencia de las posesiones de la Corona de Aragón, mientras que su hermano menor, Jaime II de Aragón, heredó el Reino de Sicilia. En ese reparto de destinos, Alfonso se convirtió en el heredero de la parte continental, mientras que la isla quedaba fuera de su control directo, al menos en los primeros años de su vida. Este marco familiar configuró la mirada de Alfonso respecto a las tierras y a las obligaciones debidas a la Corona.

En sus primeros años de gobierno, cuando su padre partió a emprender la conquista de Sicilia, Alfonso asumió la administración de los reinos que ya estaban bajo la autoridad de la dinastía. Su actuación se centró en sostener la defensa de los condados catalanes frente a amenazas externas, y en mantener estable la estructura de poder dentro de la Corona, ante la presión de la nobleza y las tensiones entre monarquía y estamentos. A la vez, su figura fue esculpida por la experiencia de haber visto a la casa real enfrentarse a intereses diversos y a la necesidad de forjar alianzas que sostuvieran la autoridad real en tiempos de fragilidad político-militar.

Conquista de Mallorca e Ibiza

Entre 1285 y 1286, Alfonso, actuando a nombre de su padre, extendió la influencia aragonesa sobre las islas de Ibiza y Mallorca, tomando el mando de esas dominaciones por jointura con su tío, Jaime II de Mallorca. El resultado fue que el Reino de Mallorca quedó sujeto como estado vasallo a la autoridad del reino de Aragón. Esta operación coincidió con la campaña destinada a castigar la cooperación de su tío en favor del monarca francés en la llamada guerra catalana de 1285. El propio Alfonso regresó a Alicante al finalizar la campaña, habiendo dejado asentada la huella de la anexión y la idea de que Mallorca formaba parte de un proyecto más extenso de crecimiento de la Corona.

Cuando su padre murió, Alfonso ya se encontraba en Mallorca dirigiendo una expedición de castigo contra Jaime II de Mallorca por su apoyo a un intento invasor de Francia sobre Cataluña. Tras la campaña, la autoridad insular quedó mayoritariamente integrada en la órbita aragonesa, de modo que la administración de Mallorca y de sus territorios insulares se convirtió en un componente clave de la estrategia mediterránea de la dinastía. En ese periodo, la proyección de Alfonso se vinculó de manera inseparable a la idea de un cosmos político que integraba las islas y el continente bajo una única autoridad.

Coronación

Con la llegada a Alicante tras la campaña en el Reino de Mallorca, Alfonso avanzó hacia Valencia para recibir el juramento de fidelidad de sus súbditos y fue proclamado rey el 2 de febrero de 1286. Su consagración real tuvo lugar en la Seo de Zaragoza el 9 de abril de ese mismo año, acto que contó con la intervención del obispo de Huesca, debido a la ausencia del arzobispo de Tarragona, que históricamente debía haber completado la ceremonia. Aunque fue la coronación, más que un ritual, un acto de afirmación de la autoridad monárquica, la escena subrayó las tensiones entre jurisdicción eclesiástica y la práctica real en Aragón.

La trayectoria de Alfonso como monarca se forjó, pues, en un marco de consolidación de poder, de afirmación de la línea hereditaria y de la necesidad de legitimidad frente a una nobleza que reclamaba importantes cuotas de influencia en la vida cotidiana del reino. Ese proceso de consolidación estableció un eje que atravesaría su mandato y que, a su vez, condicionó las decisiones posteriores de la Corona de Aragón en el Mediterráneo.

Conquista de Menorca

Ya siendo rey de Aragón, Alfonso impulsó una operación clave para la autonomía de ese reino respecto a las rutas marítimas del Mediterráneo y para la seguridad de sus fronteras: la toma de la isla de Menorca. La intendedación era asegurar un vínculo directo entre Aragón y las plazas norteafricanas y mediterráneas, a la vez que rellenar espacios de influencia ante posibles alianzas entre Túnez y Francia. En las Cortes celebradas en Huesca el 18 de octubre de 1286, convocó a sus vasallos en Salou para emprender la salida hacia la isla. Las fuerzas aliadas —aproximadamente unos veinte mil hombres y un destacamento de más de cien naves, en su mayor parte catalanas, aragonesas y sicilianas— iniciaron la operación, que desembocó en Mahón el 5 de enero de 1287.

Aunque la resistencia defensa de Menorca fue dura, las tropas cristianas lograron imponerse y obligaron a la defensa islámica a replegarse hacia el castillo de Sent Agáyz (Santa Águeda). Los Pactos de Sent Agáyz, firmados el 20 de enero, impusieron condiciones severas para la población isleña: la condición de siervos del rey de Aragón, la confiscación de bienes y un pago obligatorio de siete dobles y medio de oro en seis meses para evitar la esclavitud en mercados del norte de África. Al monarca Abû’Umar se le permitió abandonar la isla junto con un reducido grupo de familiares o allegados, y su biblioteca, restos de su padre y otros enseres, con la posibilidad de trasladarse a Berbería. La isla quedó despoblada y las tierras repartidas entre nobleza, catalanes, valencianos y aragoneses. El control de Menorca se consolidó en la capital, Ciudadela, sobre la que Alfonso dejó directrices para la administración y ordenó la construcción de una catedral que sustituiría a una mezquita; la obra, sin embargo, se completaría con posterioridad al deceso del monarca.

Política interna

La empresa mediterránea de Alfonso provocó, en la nobleza aragonesa, un sentimiento de desplazamiento respecto a los privilegios tradicionales y a la jura de los Fueros que mantenían el equilibrio entre monarquía y estamentos. En las Cortes celebradas en Zaragoza (junio de 1286) y más tarde en Huesca (octubre de 1286), la monarquía se vio obligada a frenar tensiones y a negociar con la nobleza, que llegó a contemplar incluso la posibilidad de recurrir al trono de Carlos de Valois para garantizar su influencia. En respuesta, se instauró el Privilegio General de la Unión en 1287, que mandató la convocatoria anual de Cortes en Zaragoza, fortaleciendo la idea de un Consejo Real dependiente de las decisiones de la Corona, y condicionó la acción del rey a la sentencia de la Justicia y a la aprobación de las Cortes. El resultado fue un frágil equilibrio entre la autoridad monárquica y la autonomía de las grandes familias, que dio motivo a afirmaciones como que en Aragón “había tantos reyes como ricoshombres”.

Gracias a la alianza con los estamentos valencianos y catalanes, el reinado logró afianzar su posición en Monzón en 1289, y, en especial, consolidó un poder más sólido frente a la aristocracia, que había planteado el reto de desplazar a la Corona o incluso de designar a un soberano distinto. Este periodo de centralización dio paso a un marco de gobernanza más estable, aún cuando las fricciones entre rey y nobles continuaron siendo una característica del reinado.

Política exterior

Política castellana

En el plano exterior, Alfonso desarrolló una línea de acción contraria a Castilla que respondía a la pasividad de Sancho IV de Castilla ante la agresión francesa de 1285, y a la promesa incumplida de ayuda para la defensa de los territorios de la corona. El monarca aragonés favoreció a la Casa de la Cerda, brindando asilo a los infantes Alfonso y Juan, que aspiraban a sentarse en el trono castellano. El mayor de ellos, Alfonso, fue coronado en Jaca en 1288 como rey de Castilla y de León, y se convirtió en fiador de sus acuerdos con el reino nazarí de Granada. Esta intervención desembocó en choques fronterizos ocurridos entre 1289, 1290 y 1291, que se gestaron a la sombra de un tratado de amistad con los benimerines. En compensación, Alfonso de la Cerda aceptaba ceder, en teoría, el reino de Murcia al rey aragonés, aunque esa entrega nunca llegó a ejecutarse. Los pretendientes cerreídos apoyaban la ilegalidad de un matrimonio entre Sancho IV y María de Molina, lo que alimentaba la inestabilidad dinástica en la península.

La complejidad de estas alianzas reveló el papel central de Alfonso en el tablero político de la Península: un monarca que no dudó en intervenir en las intrigas castellanas para debilitar a sus rivales y para reforzar su propio dominio en la región, al tiempo que equilibraba la relación con la Santa Sede y con Francia para evitar que la ausencia de respaldo militar pusiera en peligro las posiciones aragonesas.

Cuestión siciliana y conflicto con Francia y el papado

Uno de los ejes más delicados de la política exterior de Alfonso fue la cuestión siciliana y el modo en que se enfrentó a Francia y al papado. Desde el inicio, el monarca optó por una política de confrontación ante la potencial invasión francesa y sus aliados, incluso cuando la situación imponía la necesidad de negociar. Bajo su mando, se promovieron expediciones navales encabezadas por figuras como Roger de Lauria, Bernat de Sarriá y Berenguer de Vilaragut, con la finalidad de afirmar el control aragonés sobre Sicilia y sus rutas marítimas. El conflicto con Francia, representada por Felipe III, se resolvió parcialmente en la Batalla del Collado de las Panizas en 1285, donde las fuerzas de Aragón obtuvieron una victoria importante que fortaleció la posición real frente a París.

El enfrentamiento con el Papado se complicó cuando el pontífice intervino para obligar a Aragón a renunciar al trono de Sicilia, y cuando el reino recibió la excomunión. En esa coyuntura, el papado cedió a presiones y buscó imponer condiciones que dificultaban la continuidad de la campaña siciliana. En 1288 se llegó a una tregua con Carlos II de Anjou, quien hasta ese momento era prisionero en Barcelona; como parte de la negociación, Carlos recuperó su libertad el 29 de octubre de 1288, tras la firma del Tratado de Canfranc, que supuso la cesión de Sicilia a Jaime II y la retirada de los rehenes barceloneses. Esta reconciliación temporal dejó de manifiesto la tensión entre intereses dinásticos y objetivos eclesiásticos, y fijó las bases del juramento de renunciar al Sicilia en favor de Carlos II de Anjou, condicionando que Jaime renunciara al trono siciliano en beneficio de su propio rival.

Finalmente, el Tratado de Tarascón de 1291 supuso una revisión de esas condiciones: el Papa levantó la excomunión, Aragón obtendría derechos sobre Mallorca, y Alfonso se comprometería a que Jaime renunciara al trono de Sicilia a favor de Carlos II de Anjou; además, el trato establecía pagos y compromisos de satisfacción a la Iglesia, que debían cumplir las partes. Sin embargo, la muerte prematura de Alfonso dejó sin resolver el contencioso en torno a Sicilia, que siguió siendo un punto de fricción entre los reinos peninsulares y los intereses italianos.

África y Oriente

En el ámbito africano y oriental, Alfonso consolidó una política de contacto con puertos y plazas estratégicas para enlazar la península con las rutas comerciales del norte de África y el oriente mediterráneo. En 1286 consiguió someter a vasallaje al sultán de Tremecén y exploró la posibilidad de ampliar ese dominio sobre Túnez, sin lograr la plena adhesión de estas entidades. La estrategia se basó en la utilización de la amenaza y la persuasión para atraer alianzas con el Magreb, así como en la eventual perspectiva de una alianza con Marruecos para desafiar a adversarios comunes.

En el terreno de las relaciones con el Imperio Bizantino, Alfonso logró, en 1290, un tratado con el emperador Andrónico II Paleólogo que abría a los mercaderes de sus territorios la posibilidad de comerciar con el imperio, imponiendo una tasa del tres por ciento a las entradas y salidas de mercancía. Este acuerdo, cuyo interés era multiplicar los intercambios comerciales entre oriente y occidente, refleja la visión de Alfonso de convertir la Corona de Aragón en un puente económico entre continentes, uniendo las redes mediterráneas y fortaleciendo la posición aragonesa frente a vecinos rivales.

Enlace matrimonial y muerte

En el terreno dinástico, Alfonso contrajo matrimonio por poderes con la infanta Leonor de Inglaterra, hija de Eduardo I de Inglaterra y de Leonor de Castilla, con quien su familia había establecido un compromiso en 1282. El contexto de la excomunión de Pedro III por la cuestión siciliana retrasó la llegada de la dama a Aragón. El enlace por poder se consumó el 15 de agosto de 1290, en la abadía de Westminster, pero la consumación efectiva en Aragón no llegó a realizarse, ya que la salud de Alfonso se deterioró mientras se organizaban los festejos de recepción en Barcelona. Un infarto glandular lo llevó a la muerte poco después, apenas con 27 años de edad. No dejó descendencia y dejó su herencia a su hermano Jaime II, rey de Sicilia, con la condición de renunciar al trono siciliano y cederlo a Federico II de Sicilia, si bien esa renuncia fue objeto de disputas y no se consumó plenamente.

La figura de Alfonso resonó incluso fuera de las crónicas de su tiempo: Dante Alighieri se refiere a él en la Divina Comedia, al dibujar el estado de la Europa del siglo XIII desde una visión crítica de la clase gobernante. Esta referencia literaria subraya la memoria de un monarca que, en su corta vida, enfrentó dilemas éticos y políticos de gran envergadura, dejando una huella que trascendía las meras campañas militares. También circuló la versión de que el rey tuvo una amante llamada Dulce, hija de Bernat de Caldes, y que dejó un hijo cuyo destino es, sin embargo, poco claro; el testamento de 1291 menciona un posible heredero, aunque no se consolidó su progenie ni se conservan pruebas fehacientes.

Sepultura

Alfonso III fue sepultado en el Convento de San Francisco de Barcelona, lugar de descanso de la dinastía aragonesa. El convento fue demolido en la década de 1830, y los restos del monarca, junto con los de varias reinas e infantes allí enterrados, fueron trasladados a la Catedral de Barcelona. En la actualidad, esos restos se conservan en dos sepulcros, obra de Frederic Marès, que sitúan al rey Alfonso en un plano de continuidad con la tradición fúnebre de la casa real. En el monumento funerario de Alfonso III también se hallan los restos de Jaime I de Urgel, conde de Urgel, hijo de Alfonso IV de Aragón, junto a los despojos del infante Fadrique, fallecido en la infancia y hermano de Alfonso IV.

La memoria de Alfonso III, además de las crónicas y los hagiógrafos, se conserva en la tradición literaria: la mirada de Dante en la Divina Comedia ofrece un marco simbólico al retratar a reyes y príncipes de su tiempo, responsables de un estado europeo convulso y, a veces, culpables de las tensiones que marcaron la historia de la región mediterránea. En la biografía que ahora se presenta, se ha procurado dar voz a esas vivencias sin perder de vista la madurez de un reinado que, a pesar de su corta duración, aceleró cambios estructurales en varias líneas de la política ibérica y mediterránea.

Imágenes de Alfonso III de Aragón