Frederick Ashton
| Nombre completo | Frederick Ashton |
|---|---|
| Nombre nativo | Frederick Ashton |
| Descripción | British dancer and choreographer (1904–1988) |
| Fecha de nacimiento | 17-09-1904 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 18-10-1988 |
| Nacionalidad | Reino Unido, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda |
| Ocupaciones | bailarín, coreógrafo, bailarín de ballet, guionista, libretista |
| Idiomas | inglés |
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Frederick William Mallandaine Ashton, cabalga entre la danza y la coreografía con una impronta netamente británica, y recibió la distinción OM en un periodo crucial de su trayectoria. Nacido el 17 de septiembre de 1904 en Guayaquil, su origen ecuatoriano contrasta con la futuridad de su devenir artístico en el Reino Unido. Su vida se desenvuelve entre escuelas, escenarios y teatros que lo convertirían en un referente de la coreografía contemporánea, dejando una huella indeleble en el ballet inglés y mundial.
Frederick William Mallandaine Ashton, cabalga entre la danza y la coreografía con una impronta netamente británica, y recibió la distinción OM en un periodo crucial de su trayectoria. Nacido el 17 de septiembre de 1904 en Guayaquil, su origen ecuatoriano contrasta con la futuridad de su devenir artístico en el Reino Unido. Su vida se desenvuelve entre escuelas, escenarios y teatros que lo convertirían en un referente de la coreografía contemporánea, dejando una huella indeleble en el ballet inglés y mundial.
Biografía
Ashton emergió en una casa de clase media cuyo entorno familiar, en principio, no veía con buenos ojos su vocación por el bailar. Sin embargo, su llama interior habló más alto que la resistencia de sus progenitores, y pronto encontró apoyo en mentores que moldearon su camino hacia la coreografía. En los primeros años recibió la tutela de Léonide Massine y, posteriormente, de Marie Rambert, cuya mirada aguda sobre el movimiento lo impulsó a un terreno creativo más allá de la ejecución del baile.
Rambert le animó a explorar el terreno de la coreografía en 1926, momento en que su talento para estructurar movimientos comenzó a hacerse visible incluso mientras seguía brillando en la danza profesional. A partir de entonces, Ashton se consolidó como una figura capaz de convertir ideas en piezas coreográficas, dejando una impronta singular que lo distinguiría de sus contemporáneos.
La etapa formativa de su vida estuvo marcada por influencias diversas: la disciplina rítmica y la teatralidad de la danza británica, además de las corrientes vanguardistas que llegaban de Europa. Su primer ballet concebido como coreógrafo fue una obra que abrió puertas y le permitió demostrar que la creación podía ser un acto independiente dentro del mundo del ballet. Este inicio fue decisivo para su posterior articulación de un estilo propio, que posteriormente sería reconocido como una voz auténticamente inglesa dentro del panorama internacional del ballet.
Las colaboraciones iniciales con el Ballet Rambert, que en sus orígenes se llamó The Ballet Club, y su vínculo con Ninette de Valois, fueron el marco en el que Ashton empezó a perfilar su lenguaje coreográfico. En paralelo, su vínculo con Constant Lambert y la doble lectura entre las prácticas de Rambert y las propuestas de De Valois fomentaron una simbiosis creativa que le permitiría, tras la Segunda Guerra Mundial, consolidarse como figura central de lo que sería el Royal Ballet.
Los años decisivos para su carrera comenzaron a consolidarse cuando Ashton se integró como coreógrafo residente de la compañía de De Valois, en un contexto en el que la cooperación entre artistas, músicos y directivos encontraba su mejor cauce para generar una escuela de baile de resonancia internacional. En este periodo, la compañía pasó a llamarse de forma sucesiva Vic-Wells Ballet y Sadler's Wells Ballet, y más adelante culminó en The Royal Ballet, con Ashton como figura cumbre de la coreografía durante años.
El encuentro con el escenario londinense tuvo lugar cuando el conjunto obtuvo el reconocimiento de una nueva etapa: la madurez de su repertorio, que se sostuvo en una enraizada tradición británica, pero con una visión que incorporaba la sofisticación del movimiento y la musicalidad moderna. Este marco permitió que Ashton, con un grupo de bailarines destacados como Margot Fonteyn y Michael Somes, sostuviera una línea de excelencia en una institución que, pese a su tamaño, siguió manteniendo una intimidad de cámara que caracterizó sus años formativos y de consolidación.
Sadler's Wells y Covent Garden
Antes de la desembocadura de la guerra, Ashton recibió una oferta para colaborar con la escena neoyorquina del American Ballet Theatre, oferta que rechazó para mantenerse fiel a la compañía que, bajo la dirección de De Valois, se convertiría en un icono del ballet británico. En las décadas siguientes, su labor se orientó a perfilar obras que, a pesar de rozar la solemnidad de la danza clásica, incluían un sutil costurado de humor y antagonismo luminoso que atrajo a audiencias de distintas latitudes.
Sus vínculos con la coreografía sin argumento —entre las que se destaca Scènes de ballet de su periodo— consolidaron una estética que priorizaba la musicalidad, la claridad narrativa y un lenguaje coreográfico que se alimentaba de pequeñas historias y cuadros. En ese marco, su versión de La Fille Mal Gardée, la renovación de Cinderella y su enfoque sobre otras piezas se convirtieron en hitos que definieron una época, sin perder la ligereza cómica que tan bien supo plasmar en escena.
La Revolución del escenario trajo cambios de sede y de formato: el traslado de la compañía a la Royal Opera House en Covent Garden marcó un hito institucional que consolidó su estatus como líder y referente de la danza británica. Ashton no solo creó ballets icónicos; también dio forma a un repertorio que definió el carácter del Royal Ballet y que influyó en la manera de concebir la coreografía como una disciplina capaz de dialogar con diversos públicos y tradiciones.
La década de 1950 fue particularmente fecunda para la compañía y para su figura directiva. En 1956, Isabel II reconoció el protagonismo de Sadler's Wells Ballet otorgándole la carta constitutiva que lo convirtió en el Royal Ballet a partir de 1957. Este reconocimiento no solo elevó la agrupación a una posición de liderazgo, sino que situó a Ashton como su coreógrafo principal, manteniendo a De Valois como directora artística y dando inicio a una era de excepcional creatividad y cohesión artística.
El ballet que dejó marcada la siglo XX fue La fille mal gardée, estrenado para el Royal Ballet en 1960, una obra que incorporó una musicalidad específica, basada en la música de Ferdinand Hérold, y una coreografía que combinaba tradición con una sensibilidad caricaturesca que se convirtió en sello de la casa. La revisión, que contó con arreglos posteriores de John Lanchbery, recibió elogios por su lectura precisa del escenario y por su integración de elementos folklóricos ingleses dentro de un marco clásico.
El periodo de dirección tras la retirada de De Valois en 1963 supuso para Ashton una transición periodística y estética. Su gestión fue señalada como una era de oro para la formación de bailarines y la ampliación de repertorio:, bajo su tutela, el cuerpo de baile alcanzó un nivel de excelencia que rivalizaba con los mejores del mundo. A lo largo de esa etapa, introdujo nuevas producciones y invitó a figuras destacadas a aportar nuevas miradas sobre el movimiento, consolidando un diálogo entre generaciones que enriqueció el conjunto.
Sus obras emblemáticas para el periodo de liderazgo incluyen The Dream (1964) para Anthony Dowell y Antoinette Sibley, Monotones II (1965), Jazz Calendar (1968) y Enigma Variations (My Friends Pictured Within) (1968). Estas piezas, entre otras, mostraron la capacidad de Ashton para explorar ritmos, texturas y estructuras que desafiaban las expectativas de un ballet clásico, sin perder la riqueza narrativa y la musicalidad que lo caracterizaban.
La salida de Webster y el final de una era coincidió con un reajuste en Covent Garden: Webster anunció su retirada y otros movimientos internos llevaron a que Ashton enfrentara un cambio en la dirección de las compañías del teatro. Aunque la implementación de estas decisiones provocó tensiones, la obra de Ashton siguió vigente y su influencia se extendió más allá de su mandato, inspirando a generaciones de coreógrafos y bailarines.
La década de los setenta marcó el cierre de una etapa de liderazgo directo para Ashton, que se retiró en 1970 tras una gala de despedida organizada por figuras destacadas de la institución. Aunque su voz oficial dejó de estar presente en la dirección, su legado continuó en coreografías candidatas para nuevas generaciones y en la afirmación de una forma de bailar inglés que aún se estudia y se disfruta en la actualidad.
Royal Ballet: consolidación y expansión del repertorio
Tras la llegada de la década de 1960 y la consolidación del Royal Ballet como una institución de primer nivel, Ashton siguió aportando obras que reforzaban el carácter de la compañía. Su enfoque flexible, que combinaba el tecnicismo con la poesía del movimiento, permitió que coreógrafos de distintas procedencias contemplaran la posibilidad de trabajar con un elenco que compartiera una identidad estética clara. Así, piezas como The Dream, Monotones II, Jazz Calendar y Enigma Variations consolidaron un lenguaje que, si bien estaba anclado en una tradición noble, abría puertas a experimentación y a una lectura contemporánea del ballet.
Entre la genealogía de sus producciones se destacan también colaboraciones con figuras de renombre que enriquecieron el repertorio del Royal Ballet y conectaron prácticas coreográficas europeas con una sensibilidad británica, como la recuperación de obras de Nijinska y Massine, y la invitación de Tudor para realizar puestas en escena tanto de nueva factura como de obras anteriores. Este cruce de experiencias convirtió al Royal Ballet en una plataforma de resonancia internacional, capaz de combinar la seriedad técnica con la claridad expresiva que definía a Ashton.
La recepción crítica y académica a lo largo de estos años fue variada, pero en general se sostuvo un reconocimiento majoritario: la consistencia de su visión y la calidad de sus producciones provocaron debates sobre las capacidades de dirección y de planificación estratégica de un coreógrafo frente a la necesidad de gestionar una gran compañía. Aun así, Thomson, Percival y otros críticos debatieron sobre distintos aspectos de su gestión, sin que ello empañara la majestuosidad de la obra coreográfica que dejó como herencia.
Retiro y legado formal
El momento de la jubilación llegó en julio de 1970, tras una gala pensada para cerrar su etapa de dirección. Su salida dejó un vacío, pero también una continuidad: las nuevas generaciones recibieron una tradición intacta y una metodología de trabajo que privilegió el rigor, la musicalidad y la búsqueda de un refinamiento escénico. A partir de entonces, Ashton se dedicó a proyectos más breves y a proyectos que consolidaran su legado fuera de la sala de ensayo, manteniendo una presencia activa en encuentros y funciones especiales.
Después de la jubilación, el coreógrafo dejó a un lado la actividad de creación masiva para centrarse en piezas de cámara y en colaboraciones puntuales. Entre sus trabajos tardíos destacan la película Los cuentos de Beatrix Potter (1971) y Un mes en el campo (1976), una obra de un acto que toma prestados recursos de la literatura para contarse a través del movimiento. Estas propuestas demostraron que su curiosidad artística no se agotaba, sino que se reorientaba hacia formatos más íntimos y compactos.
La vida personal dejó una marca profunda cuando su compañero Martyn Thomas falleció en un accidente automovilístico en 1985, un golpe personal que afectó su salud emocional y dejó una sombra en sus últimos años. Ashton falleció el 18 de octubre de 1988 en su casa de campo en Suffolk, y su reposo tuvo lugar en la iglesia de Santa María en Yaxley, dejando un legado que continuó inspirando a bailarines y coreógrafos alrededor del mundo.
Principales creaciones
El paso Fred
Uno de los rasgos distintivos en su lenguaje fue la inclusión de un movimiento característico popular entre sus intérpretes, conocido como “el paso Fred”. Este gesto, descrito por especialistas como un arabesque seguido de una secuencia de giros y deslizamientos, se convirtió en una firma que Ashton empleó para múltiples montajes y que terminó por integrarse en la memoria del público y de la profesión.
La tradición de origen sitúa el origen de este paso en una gavota interpretada por Anna Pavlova, y las rememoraciones de Alicia Markova lo vinculan a un breve ballet que cerraba una producción de 1930. Aunque no aparece en Façade, la técnica evolucionó y se convirtió en una herramienta de expresión, variando su ejecución según el carácter de cada ballet y la coreografía de cada escena.
Una lectura crítica ha destacado que el paso Fred a menudo está “oculto” entre las acciones escénicas, y que puede ser asignado a diferentes intérpretes según las necesidades dramáticas de la obra. En cada caso, su estructura o su final han recibido ajustes para que el conjunto parezca una metamorfosis constante de la coreografía, una característica que refleja la imaginación de Ashton para modular la técnica con la dramaturgia.
La interpretación de Ashton en su propio linaje de baile incluyó la interpretación de este paso por el papel de la hermana tímida en Cinderella, y, en una ocasión especial, él y Margot Fonteyn lo ejecutaron en Salut d’amour, una pieza conmemorativa para la gala de su sexagésimo aniversario en Covent Garden. Hoy, la observación de su maestro de la casa y de su elenco demuestra la riqueza de este rasgo dentro del repertorio del Royal Ballet.
Legado
El legado coreográfico de Ashton se negoció a través de la asignación de derechos de autor de muchas de sus obras a amigos y colegas como Margot Fonteyn, Dowell, Michael Somes, Alexander Grant, Antony Dyson y Brian Shaw, entre otros. Esta distribución buscaba asegurar que sus ballets continuaran interpretándose por distintos teatros y compañías en un marco de fidelidad a su visión, al tiempo que se mantenía un vínculo con su memoria personal y profesional.
La continuidad institucional quedó asegurada, en parte, por la gestión de su sobrino Anthony Russell-Roberts, quien ejerció como Director Administrativo del Royal Ballet entre 1983 y 2009, manteniendo vivo el espíritu organizativo que Ashton ayudó a forjar. Este aspecto administrativo permitió que la memoria de Ashton se consolidara como una pieza continua del repertorio y de la cultura de la compañía.
Una fundación para el futuro emergió en 2011 con la creación de la Frederick Ashton Foundation, una entidad independiente del Royal Ballet que, no obstante, colabora estrechamente con la compañía para preservar y promover sus ballets y enseñar a las nuevas generaciones el arte de su coreógrafo más influyente. Este organismo ha buscado mantener viva la línea estética que Ashton configuró a lo largo de su carrera, asegurando la circulación de sus obras y el rescate de materiales de estudio para la educación de bailarines y coreógrafos.
Obras destacadas y repertorio
La literatura del movimiento de Ashton quedó plasmada en una serie de obras que se convirtieron en pilares del repertorio británico y del ballet mundial. Entre ellas figura Façade (1931), una pieza que abrió un camino hacia una coreografía que conjugaba humor y una musicalidad sofisticada; Cinderella (1948) y su versión para la compañía británica, que combinó juego teatral y una lectura renovada de la historia clásica; y La Fille Mal Gardée (The Lost Version) que, junto a su música y coreografía, logró un vínculo íntimo entre el público y el escenario.
Las grandes escalas se expresaron en Sylvia (1952), Romeo y Julieta (1955) para el Royal Danish Ballet, y, posteriormente, en su colaboración con compañías como el New York City Ballet, con obras como Illuminations (1950) y Picnic at Tintagel (1952). Estas piezas mostraron su voluntad de dialogar con la modernidad sin renunciar a la claridad de la forma clásica, y permitieron que el lenguaje Ashton se extendiera más allá de la órbita británica.
El tercer ballet completo para la compañía fue Romeo y Julieta, estrenado en 1955. Aunque se presentó con notable éxito fuera de Covent Garden, Ashton fue reacio a montarlo en ese teatro por la escala que exigía la historia. Sin embargo, la versión se recuperaría más tarde en otros escenarios y tiempos, consolidando la reputación de una obra que siguió siendo una referencia para la dramaturgia de ballet romántico, con una intensidad que distinguía su aproximación a la pareja trágica.
Otras entregas de autoría incluyeron Le Rêve de Léonor (1949) para los Ballets de París, así como colaboraciones con compositores como Britten y Bax, y puestas en escena que abrieron el espacio para interpretaciones de Prokófiev, Schubert y Gluck, entre otros, en un marco que buscaba la armonía entre música y movimiento. Estas coreografías reforzaron la idea de Ashton de que el ballet podía ser una forma de artes escénicas que dialoga con la música, el diseño y la literatura, para crear una experiencia integral en escena.
La técnica y la teatralidad eran, dos caras de la misma moneda en sus creaciones. El llamado paso Fred y las apuestas sobre la corporeidad de los bailarines mostraron que Ashton entendía el movimiento no solo como una exhibición de virtuosismo, sino como una herramienta para contar historias, sugerir emociones y construir paisajes sociales dentro del escenario. Esta visión, que valoraba la economía de gestos y la economía del cuerpo, dejó una impronta perenne en la forma de entender el ballet en el siglo XX.
Conservación y difusión del legado coreográfico pasó por una red de custodios: Margot Fonteyn, Dowell, Somes, Grant, Dyson y Shaw, entre otros, que asumieron la responsabilidad de conservar sus piezas y de enseñar a nuevas generaciones los principios que definían su trabajo. La continuidad de estas obras en teatros y festivales de diferentes países fue un testimonio de la durabilidad de su lenguaje y su capacidad para comunicar con audiencias diversas a lo largo de varias décadas.
La mirada hacia el futuro se ve fortalecida por la existencia de la Frederick Ashton Foundation, que continúa promoviendo sus ballets y asegurando la disponibilidad de recursos educativos para bailarines y docentes. Este esfuerzo institucional mantiene viva la tradición de un coreógrafo que transformó la escena británica y dejó un legado que continúa inspirando a compañías de todo el mundo a replantear la relación entre música, movimiento y narrativa.