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Hans Christian Ørsted

Nombre completo Hans Christian Ørsted
Nombre nativo Hans Christian Ørsted
Descripción Físico y químico danés
Fecha de nacimiento 14-08-1777
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 09-03-1851
Nacionalidad Reino de Dinamarca
Ocupaciones físico, químico, inventor, profesor universitario, ingeniero, farmacéutico
Grupos Royal Society, Real Academia de las Ciencias de Suecia, Academia de Ciencias de Baviera, Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, Academia Prusiana de las Ciencias, Sociedad Real de Edimburgo, Accademia Nazionale delle Scienze detta dei XL, Real Academia Danesa de Ciencias y Letras, Academia de Ciencias de Gotinga
Idiomas danés, latín
HermanosAnders Sandøe Ørsted, Jacob Albert Ørsted
EsposasInger Birgitte Ørsted
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Hans Christian Ørsted fue un científico danés cuyo nombre quedó ligado para siempre a la comprensión experimental de la relación entre electricidad y magnetismo. Nacido en una pequeña localidad marítima el 14 de agosto de 1777, forjó a lo largo de su vida una trayectoria marcada por la curiosidad, la enseñanza y la exploración de las fronteras entre la química, la física y la filosofía natural. Su legado trasciende la física; su influencia se extendió a la forma en que se piensa la ciencia, la enseñanza y el lenguaje técnico. Su partida, ocurrida en Copenhague el 9 de marzo de 1851, dejó una huella imborrable en la cultura científica de Dinamarca y de Europa. En sus años de actividad desplegó una labor que combinaba rigor empírico, carisma docente y una visión integradora de las fuerzas que gobiernan el mundo natural.

Hans Christian Ørsted — Imagen principal
Firma de Hans Christian Ørsted

Hans Christian Ørsted fue un científico danés cuyo nombre quedó ligado para siempre a la comprensión experimental de la relación entre electricidad y magnetismo. Nacido en una pequeña localidad marítima el 14 de agosto de 1777, forjó a lo largo de su vida una trayectoria marcada por la curiosidad, la enseñanza y la exploración de las fronteras entre la química, la física y la filosofía natural. Su legado trasciende la física; su influencia se extendió a la forma en que se piensa la ciencia, la enseñanza y el lenguaje técnico. Su partida, ocurrida en Copenhague el 9 de marzo de 1851, dejó una huella imborrable en la cultura científica de Dinamarca y de Europa. En sus años de actividad desplegó una labor que combinaba rigor empírico, carisma docente y una visión integradora de las fuerzas que gobiernan el mundo natural.

Biografía

Ørsted nació en un entorno familiar donde la curiosidad por la medicina y la química era notable, pues su padre ejercía la farmacia y le transmitió una inquietud práctica por las sustancias y sus transformaciones. A los veinte años, ya interesado en las triales de laboratorio y en las aplicaciones de la ciencia, se orientó hacia los estudios de farmacia, un camino que cercanamente lo llevó a la medicina tres años después. La dualidad entre la ciencia teórica y la labor clínica marcó su juventud, y su formación académica se consolidó con la obtención del título de médico. En ese cruce entre saber y oficio, emergió una fascinación que superaba las expectativas de su tiempo, y que lo empujó a buscar respuestas no solo a partir de los resultados sino también a partir de los principios que sostienen las teorías.

La física y la química ocuparon el centro de su atención desde los primeros momentos de su madurez intelectual. Aunque la experiencia clínica era valiosa, su verdadera vocación se inclinaba hacia las preguntas fundamentales sobre la materia, la energía y las fuerzas que provocan cambios en los sistemas naturales. El interés por la Naturphilosophie, corriente filosófica que buscaba entender la naturaleza en su totalidad, acompañó su desarrollo y le ofreció un marco para interpretar la realidad desde una visión unitaria. En ese periodo, Ørsted se dejó influir por las ideas de grandes pensadores, pero también mantuvo una actitud crítica que lo llevó a cuestionar enfoques excesivamente matemáticos o mecanicistas sin otra base que la intuición experimental.

En diciembre de 1801 llegó a París para enriquecerse con el contacto directo con la comunidad científica europea. Allí asistió a conferencias y escuchó a renombrados químicos como Vauquelin, Fourcroy y Thénard, así como a físicos y naturalistas de relieve, lo que amplió su panorama y le permitió comparar enfoques diversos. Aunque en ese entorno notó la presencia de prejuicios y diferencias culturales, su estancia resultó provechosa: tuvo la oportunidad de observar fábricas, enterarse de avances prácticos y intercambiar ideas con científicos de primer nivel. A su regreso a Dinamarca, incorporó experiencias y contactos que le servirían para avanzar en su propio trabajo y, más tarde, para convertirse en un referente intelectual y pedagógico en su país.

Al retornar a su patria en 1804, Ørsted aspiraba a ocupar una cátedra de física, pero encontró que su interés por la filosofía natural levantaba críticas. Aun así, consiguió un sueldo modesto para investigar y una colección de instrumentos pertenecientes a un médico ya fallecido, que le permitieron continuar con su labor experimental. Las conferencias que impartía, centradas en química y física, atraían a numerosos oyentes, incluso a aquellas personas que no solían asistir a este tipo de actos, lo que hacía difícil hallar sitio para el público. Sus años de enseñanza fueron también un periodo de producción escrita: exploró cuestiones desde una perspectiva amplia, priorizando las ideas generales y, a veces, formulaciones audaces que desbordaban los límites de la especialización de la época. En su escritura, el énfasis no estuvo en catalogar propiedades de compuestos individuales, sino en entender por qué ocurrían ciertas neutralizaciones o por qué ciertas estructuras requieren un agente para disolver un metal, cuando un fenómeno simple podría dar lugar a respuestas significativas. De estos ensayos tempranos emergió un estilo propio: un enfoque que combinaba reflexión filosófica y experimentación, y que anunciaba una manera de entender la ciencia como un proceso dinámico y en desarrollo.

Durante el periodo de formación, Ørsted pasó por Berlín y otras ciudades alemanas donde pudo observar de cerca las ideas de la ciencia contemporánea y tomar contacto con figuras destacadas. En esas estancias, se reencontró con un ambiente intelectual que valoraba la experimentación y la demostración, y también con círculos culturales que promovían un diálogo entre ciencia y humanidades. Entre los momentos que dejó constancia en su memoria estuvieron las visitas a casas y salones donde demostró nuevas técnicas eléctricas y conversó con científicos de renombre. Estas experiencias le permitieron forjar amistades y contactos que serían decisivos para su trayectoria posterior, incluido el inicio de una relación profesional con Johann Wilhelm Ritter, un personaje clave en el desarrollo temprano del electromagnetismo en el marco europeo.

La vida de Ørsted dio un giro cuando consolidó una relación intelectual con Ritter, a quien llegó a considerar un modelo y, tras la muerte de su maestro, heredero espiritual de su legado. Este enlace no solo fortaleció su propia visión científica, sino que también marcó la transición de su carrera hacia un proyecto más centrado en la física y, en particular, en la exploración de las interacciones entre campos eléctricos y magnéticos. A su regreso a Dinamarca en 1804, y a diferencia de otros colegas que se enfocaban en una labor puramente académica, Ørsted abrazó la oportunidad de difundir el conocimiento a través de la enseñanza y la divulgación, aun cuando enfrentaba posiciones poco favorables ante su interés en la filosofía natural. Sin embargo, el apoyo económico que recibió, junto con la dotación de equipos heredados, le permitió construir una base sólida para sus investigaciones y, al mismo tiempo, mantener un programa de conferencias dinámico y popular.

Con el paso de los años, la figura de Ørsted se consolidó como un referente en Dinamarca y en el escenario europeo. Sus actividades docentes y su producción escrita lo convirtieron en una figura capaz de vincular la teoría con la práctica, y su capacidad para comunicarse con el público contribuyó a ampliar la comprensión sobre la ciencia y su relevancia social. Su labor no se limitó a publicar resultados; exploró en profundidad el modo en que se articulaban las ideas de la física clásica y la filosofía natural, proponiendo una visión de la ciencia como una empresa en constante expansión que requería tanto rigor metodológico como una imaginación capaz de intuir conexiones no evidentes. Estas cualidades hicieron de Ørsted un profesor y un investigador influyente, cuya presencia se sintió en academias, universidades y círculos culturales.

En el terreno de la vida institucional, Ørsted participó de la Real Academia Danesa de Ciencias y Letras, institución que reconoció su mérito y le otorgó responsabilidades útiles para la vida intelectual de Dinamarca. Su ascenso en la academia, que culminó en el cargo de secretario, le permitió influir en la dirección de las investigaciones y en la valoración de los trabajos de sus colegas. En el plano público, la figura de Ørsted se convirtió en un símbolo de la ciencia que, además de buscar respuestas, sabía comunicar su significado y su propósito a una audiencia más amplia. Su figura inspiró homenajes y reconocimientos en vida, y su memoria continuó nutriéndose de las palabras de alumnos, admiradores y colegas que valoraban la claridad de su pensamiento y la energía con la que defendía sus ideas frente a las tradiciones establecidas.

Durante su trayectoria, Ørsted enfrentó un conjunto de dilemas que, lejos de debilitarlo, fortalecieron su visión. Su deseo de entender la naturaleza de las cosas lo llevó a defender un enfoque holístico de la ciencia, que buscaba la unificación de fenómenos aparentes bajo principios comunes. Aunque muchas ideas que propuso en sus primeros escritos no encontraron el respaldo inmediato de la comunidad, su perseverancia y fidelidad a la observación empírica le permitieron ver, años después, que sus intuiciones iniciales habían apuntado correctamente hacia la interacción entre electricidad y magnetismo. la biografía de Ørsted es la historia de un innovador que, a través de la observación, la experimentación y la comunicación, logró convertir una pregunta aparentemente concreta en una revolución conceptual que abrió el camino a la física moderna.

La vida de Ørsted también estuvo marcada por un compromiso con el lenguaje y con el uso de la lengua para hacer la ciencia más accesible. Participó activamente en debates sobre la terminología científica en danés y en otros idiomas germánicos, promoviendo una renovación terminológica que facilitara la comprensión de conceptos complejos. Su interés por la precisión del término técnico llevó a la creación de palabras nuevas que, según sus críticos, amplió el vocabulario de su idioma de formas duraderas. Su labor lingüística se convirtió en una parte esencial de su legado, porque demostró que el avance científico depende tanto de la claridad del lenguaje como de la claridad de las ideas. En ese sentido, su influencia se extendió a la educación, a la cultura científica y a la propia identidad lingüística de su nación.

El elemento galvánico

La chispa que abrió nuevas rutas de investigación en Ørsted vino de la experiencia con la tecnología de Volta y el contexto de la investigación eléctrica de su época. En aquel periodo, asumió la responsabilidad de dirigir una instalación importante y, gracias a ello, tuvo la posibilidad de interactuar con la columna voltaica de Volta y de estudiar los efectos químicos que se generaban a su alrededor. Para medirlos, tomó prestado un instrumento que imitaba el funcionamiento de un voltímetro y que le permitió observar cómo las corrientes podían inducir respuestas químicas y físicas. Este conjunto de circunstancias le dio la oportunidad de acercarse a preguntas fundamentales sobre la relación entre electricidad y sustancias químicas, lo que a su vez alimentó su curiosidad por desentrañar las causas de las reacciones y las transformaciones energéticas que observaba en los laboratorios.

En esa etapa, también surgió la necesidad de ampliar sus contactos y buscar una posición de mayor estabilidad. Aunque sus esfuerzos para obtener una cátedra de física no dieron resultado de inmediato, pudo integrarse a la vida académica danesa como profesor adjunto, con un sueldo limitado pero suficiente para mantener su laboratorio y continuar con su labor investigadora. Este periodo fue decisivo porque, aun con limitaciones económicas, Ørsted pudo emprender viajes de aprendizaje y conocimiento que lo acercaron a colegas extranjeros y a ideas que enriquecerían su forma de entender la ciencia. Su primer viaje al extranjero, financiado por una beca, tuvo lugar en la primavera de 1801 y le permitió entrar en contacto con importantes centros científicos de Alemania y Francia. En Weimar y Munich, por ejemplo, encontró a figuras que enriquecerían su visión y que, de una u otra forma, influirían en su modo de aproximarse a la investigación experimental.

Entre las relaciones que cultivó durante esas andanzas destacan las que entabló con Ritter, un físico y químico que ejercía una influencia decisiva en su propio desarrollo. La amistad que forjó con Ritter, y la posterior relación profesional que surgió a partir de esa afinidad, representó un paso importante hacia la consolidación de un proyecto personal centrado en la experimentación eléctrica y en la búsqueda de explicaciones comprensibles para los fenómenos observados. A lo largo de su viaje, Ørsted se inspiró en la dinámica entre teoría y práctica que promovía Ritter, y llevó ese espíritu a su regreso a Dinamarca, donde convirtió su curiosidad en una línea de trabajo dedicada a comprender la interacción de fuerzas que, hasta entonces, parecían separadas.

El legado de esas experiencias se consolidó cuando, de regreso a Copenhague, Ørsted no solo continuó enseñando, sino que también avanzó en la elaboración de ideas que serían cruciales para la generación posterior de la teoría electromagnética. Sus escritos de esa época, que combinaban análisis químico, físico y un acercamiento filosófico, mostraban un planteamiento que valoraba la coherencia conceptual y la evidencia experimental. En esos textos tempranos, ya se intuía la posibilidad de que las fuerzas eléctricas y las magnéticas no fueran entidades aisladas sino manifestaciones de un mismo marco dinámico que regía el comportamiento de la materia. Aunque en aquel momento no logró formular un marco matemático definitivo, dejó entrever una intuición que el tiempo confirmó y que sería recogida por los científicos que vinieron después.

El momento decisivo llegó en 1820, cuando Ørsted demostró de forma inequívoca que una corriente eléctrica que circula por un conductor puede desviar la aguja de una brújula. Este experimento, simple en apariencia, reveló la existencia de un campo magnético creado por la electricidad y, con ello, marcó el origen experimental del electromagnetismo. Su hallazgo mostró que la electricidad y el magnetismo no eran dos fenómenos separados, sino dos aspectos de una misma realidad física. Pese a la sorpresa inicial y a la crítica de parte de la comunidad científica, el resultado fortaleció la credibilidad de Ørsted y sentó las bases para el desarrollo de una teoría unificada de las fuerzas que actúan en los sistemas electromagnéticos. Aunque no proporcionó al momento una explicación matemática, el efecto observado fue tan claro que atrajo la atención de numerosos colegas y dio inicio a una etapa de confirmación y expansión de estas ideas.

Además de este logro fundacional, Ørsted recibió el reconocimiento de las comunidades científicas que se interesaban por las consecuencias de sus experimentos. La aceptación gradual de su resultado, impulsada por la posterior labor de Ampère y de otros, consolidó la reputación del danés como un pionero que había abierto una nueva vía de estudio en la ciencia experimental. Su contribución fue valorada no solo por la novedad del fenómeno, sino por la forma en que mostró la compatibilidad entre conceptos eléctricos y magnéticos, evidenciando un nexo lógico entre dos campos que, hasta entonces, se había considerado de manera separada. En ese sentido, Ørsted no solo descubrió un fenómeno puntual, sino que encarnó una manera de entender la física que subrayaba la unidad de las fuerzas y la importancia de la experimentación para revelar las estructuras que rigen la realidad física.

El trabajo de Ørsted provocó un cambio de perspectiva en la ciencia de su tiempo. A partir de sus descubrimientos, se puso en marcha una nueva etapa en la que la electricidad y el magnetismo pasaron a ser estudiados de forma integrada, dando origen a un campo emergente que recibió el nombre de electromagnetismo. Aunque este término y su desarrollo se consolidaron con la colaboración de otros científicos, la chispa que encendió la corriente de investigación provino directamente de sus experimentos. En reconocimiento a su contribución, la Royal Society le otorgó, en 1820, la Medalla Copley, un símbolo de la valoración internacional de su obra y de su influencia en el avance de la física experimental. Su logro de aislar el aluminio, logrado por electrólisis a partir de cloruro de aluminio en 1825, añadió otra dimensión a su currículo: la demostración de que procesos electroquímicos podían permitir la obtención de elementos químicos de gran relevancia tecnológica, con implicaciones que se extenderían a la industria y a la ciencia de materiales. En conjunto, estas realizaciones consolidaron a Ørsted como un pionero cuyo trabajo transformó el mapa de la ciencia y sentó las bases de desarrollos que, décadas después, serían parte central de la comprensión moderna de la materia y la energía.

La muerte de Ørsted en Copenhague el 9 de marzo de 1851 puso fin a una trayectoria intensa, pero dejó un legado que continuó expandiéndose a través de la memoria de sus alumnos, de las instituciones que lo respaldaron y de los nuevos proyectos que surgieron a partir de sus hallazgos. Fue enterrado en el Cementerio Assistens, y su presencia siguió siendo un referente para las futuras generaciones de científicos daneses y europeos. Los homenajes de la vida cotidiana, las distinciones académicas y las conmemoraciones públicas reflejaron la estima que su pueblo sentía por un hombre que, con su curiosidad, su claridad y su capacidad pedagógica, logró comunicar de manera vivaz la idea de que la ciencia es una empresa colectiva, en la que la observación y la experimentación deben ir de la mano con la discusión, la crítica y la difusión del conocimiento.

Su figura no solo quedó fijada en los handbooks de historia de la física, sino que se convirtió en un emblema de la capacidad de un solo investigador para catalizar un cambio de paradigma. En la memoria colectiva, Ørsted se percibe como alguien que supo convertir una intuición en un programa de investigación, que supo enseñar con entusiasmo y que entendió que el lenguaje de la ciencia debe evolucionar para acompañar las ideas que propone. Su influencia como educador, como innovador y como defensor de un enfoque global de la ciencia se extiende a través del tiempo, recordándonos que el progreso nace cuando la curiosidad se acompaña de un método riguroso y de un compromiso con la claridad y la comunicación.

Nuevas palabras

Entre las experiencias que forjaron su personalidad estaban también sus esfuerzos por enriquecer el lenguaje técnico con el fin de expresar con precisión las ideas que emergían de sus investigaciones. Su empeño por crear un vocabulario acorde con las transformaciones de la ciencia resultó en la introducción de términos que, cuando se consolidaron, pasaron a ser parte del uso común entre los científicos y los estudiantes de su tiempo. En ese empeño creativo, Ørsted no solo buscó describir fenómenos, sino también dotarlos de una identidad lingüística que facilitara su enseñanza y su difusión. Este aspecto de su obra ilustra que su influencia abarcó tanto la física como la filosofía del lenguaje en la ciencia.

Se estima que dejó una herencia de miles de palabras danesas que nacieron de su necesidad de nombrar nuevos conceptos y de capturar con exactitud procesos y estados. Entre esos términos, algunos se convertirían en piezas elementales del vocabulario científico, como aquellos que designaban propiedades y relaciones fundamentales. Su contribución terminológica abarcó tanto conceptos técnicos como categorías abstractas que permitirían describir fenómenos complejos de manera más clara y concisa. El proceso de creación de palabras no fue meramente una curiosidad lingüística: fue una herramienta para hacer la ciencia más accesible, especialmente para las generaciones jóvenes que debían entender las bases de una física cada vez más sofisticada. En su correspondencia con el lingüista Rasmus Rask, sus propuestas fueron objeto de debate y, en algunos casos, de críticas que demuestran la naturaleza dinámica de la innovación terminológica. Aun cuando no todas sus sugerencias fueron adoptadas de inmediato, su influencia en el desarrollo del idioma técnico quedó registrada como una de las facetas menos conocidas, pero decisivas, de su legado.

La relevancia del lenguaje en la labor de Ørsted se hizo particularmente patente cuando participó en procesos de reforma lingüística y en encuentros de naturalistas donde se discutía la precisión terminológica necesaria para describir descubrimientos emergentes. Sus esfuerzos no se limitaron al danés; también se posicionó en debates sobre la traducción y la adaptación de los términos a las lenguas germánicas y nórdicas, impulsando un diálogo que buscaba una terminología compartida para la comunidad científica de Europa. En la propia colección de escritos de Ørsted, se puede hallar una sección dedicada a la terminología y a la reflexión sobre cómo la forma de nombrar las cosas influye en la forma de pensarlas. Este interés terminó por cristalizar en una visión de la lengua como un instrumento de claridad, que contribuía a que la ciencia fuera entendida por audiencias más amplias y no solo por especialistas.

Entre las palabras que introdujo y que perduraron figuraron términos que se vinculan a conceptos fundamentales, y su labor de catalogación y explicación de procesos, junto con la reformulación de expresiones, dejó una impronta que se advierte en la manera en que se discute la química y la física en las generaciones siguientes. Su labor no fue meramente demostrativa: fue un intento por dotar de estructura la manera en que se piensa la materia, la energía y las fuerzas que la gobiernan. En este sentido, su influencia alcanza dos frentes: el científico y el lingüístico, que se entrelazan para sostener la comprensión de la realidad y para facilitar la transmisión del conocimiento entre culturas y generaciones.

La participación de Ørsted en la Real Academia Danesa de Ciencias y Letras, y su posterior nombramiento como secretario, consolidaron su papel de puente entre la investigación y la divulgación. La vida académica le dio, además, la oportunidad de influir en la organización de proyectos y de participar en debates que buscaban enriquecer la terminología y el marco conceptual de la ciencia. Sus esfuerzos en este terreno se convirtieron en un componente esencial de su legado, porque mostraron que la innovación no solo se mide por la capacidad de descubrir, sino también por la capacidad de comunicar y de desafiar las convenciones lingüísticas que acompañan a cualquier avance científico. A través de esas iniciativas, Ørsted dejó patente que el progreso de la ciencia depende tanto de las ideas como de la manera en que estas ideas se expresan y se difunden.

En un momento cumbre de su carrera, la comunidad científica de Dinamarca le rindió homenaje por su trayectoria de medio siglo como profesor universitario. En esa ocasión, la academia organizó un conjunto de actos y actuaciones que incluyeron homenajes, discursos y regalos simbólicos. Fue reconocido públicamente con una distinción real y con la decisión de nombrarlo consejero secreto de conferencias; además, la celebración contó con la participación de figuras destacadas de la vida intelectual y cultural. La respuesta de la sociedad ante este reconocimiento reveló la estima generalizada por un científico que no solo avanzó en su propio campo, sino que también supo convertirse en un referente ético y pedagógico para las nuevas generaciones. En ese contexto, la comunidad estudiantil le ofreció su gratitud, y, con una procesión de antorchas y otras muestras públicas de admiración, se confirmó la importancia simbólica de su figura para la identidad cultural de la ciudad.

La vida de Ørsted terminó de manera súbita para muchos, pero su obra siguió resonando en los años siguientes. Sus ideas, sus métodos y su estilo de enseñanza dejaron una impronta que influyó en la forma en que se concebía la ciencia en Dinamarca y más allá. La estatua erigida décadas después en un parque de la capital fue un testimonio tangible de la memoria colectiva, que preservó el nombre de Ørsted como símbolo de la curiosidad que transforma la realidad y de la responsabilidad de convertir el conocimiento en un bien compartido. Su labor, descrita con detalle en sus escritos y memorializada en las instituciones que lo valoraron, dio forma a una manera de hacer ciencia que une la precisión de la experimentación con la claridad de la comunicación, recordando que la verdadera grandeza de la investigación radica en su capacidad para iluminar el mundo y para inspirar a quienes le siguen.

Medalla Copley

En reconocimiento a sus logros pioneros, Ørsted fue galardonado en 1820 con la Medalla Copley, una distinción que la Real Sociedad de Londres concedía a personalidades destacadas por su avance en física y biología. En aquella ocasión, el discurso de recepción fue pronunciado por William Hyde Wollaston, quien Representó la admiración de la comunidad científica británica por el trabajo del danés. Este premio no solo celebró un hallazgo puntual, sino que también testimonió la aceptación internacional de sus ideas y la validación de su enfoque experimental como fuente de conocimiento confiable. A través de la medalla, la figura de Ørsted alcanzó un grado de reconocimiento que trascendía fronteras y que contribuyó a consolidar su estatus como uno de los grandes de la ciencia de su tiempo.

Eponimia

  • Cráter lunar Oersted, bautizado en su memoria como recordatorio de su contribución a la astronomía y la física.
  • Asteroide denominado (16583) Oersted, que perpetúa su nombre en el registro de los cuerpos celestes.
  • Satelite Ørsted, lanzado por Dinamarca en 1999 para estudiar el magnetismo en el espacio y ampliar la comprensión de las dinámicas de los cuerpos celestes.
  • Oersted (unidad), unidad de intensidad de campo magnético en un sistema de medida cegesimal, que lleva su nombre para conmemorar su influencia en el desarrollo de la física del magnetismo.

Imágenes de Hans Christian Ørsted