Joseph Smith
| Nombre completo | Joseph Smith |
|---|---|
| Nombre nativo | Joseph Smith |
| Descripción | Religioso estadounidense, fundador y líder de La iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días |
| Fecha de nacimiento | 23-12-1805 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 27-06-1844 |
| Nacionalidad | Estados Unidos |
| Ocupaciones | profeta, político, teólogo |
| Idiomas | inglés |
| Hermanos | Hyrum Smith, Samuel H. Smith, Alvin Smith, Don Carlos Smith, William Smith, Katharine Smith Salisbury |
| Esposas | Emma Smith, Eliza Maria Partridge Lyman, Eliza R. Snow, Zina D. H. Young, Emily Dow Partridge, Lucinda Morgan Harrisová, Helen Mar Kimball, Sarah Ann Whitney, Almera Woodward Johnson, Louisa Beeman |
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Joseph Smith Jr., nacido en la aldea de Sharon, situada en el estado de Vermont, y cuya vida quedó marcada por visiones, revelaciones y una labor fundacional de gran alcance, es considerado una figura central en la historia religiosa de Estados Unidos. Su legado dio origen a un movimiento que ha perdurado a lo largo de los siglos y que hoy comprende varias comunidades religiosas. Su historia se entrelaza con tradiciones, debates y migraciones que transformaron la cartografía espiritual de la nación.
Joseph Smith Jr., nacido en la aldea de Sharon, situada en el estado de Vermont, y cuya vida quedó marcada por visiones, revelaciones y una labor fundacional de gran alcance, es considerado una figura central en la historia religiosa de Estados Unidos. Su legado dio origen a un movimiento que ha perdurado a lo largo de los siglos y que hoy comprende varias comunidades religiosas. Su historia se entrelaza con tradiciones, debates y migraciones que transformaron la cartografía espiritual de la nación.
Biografía
Infancia y juventud
Desde su llegada al mundo, Smith se crió en un entorno familiar que atravesaba altibajos económicos y cambios de domicilio repetidos. El linaje paterno dejó huellas de prosperidad y dificultades que marcaron la vida de la familia, mudándose entre escenarios rurales y ciudades de Nueva Inglaterra. A temprana edad, el propio Joseph mostró una inteligencia modesta según las impresiones de quienes lo conocían, y, sin embargo, cultivó un interés notable por las controversias morales y políticas que animaban a los jóvenes de su tiempo. Sus experiencias infantiles estuvieron ligadas a una educación irregular y a responsabilidades que lo obligaron a trabajar para ayudar a sus padres, lo que condicionó su desarrollo académico.
En la primera etapa de su adolescencia, su milieu religioso era variado y, a veces, marcado por creencias teofánicas y una atmósfera de fervor espiritual propia del entorno en que se movía la familia Smith. Su abuelo paterno había pasado de una inclinación universalista a la práctica metodista, mientras que la madre, descendiente de un linaje presbiteriano, crió a los hijos en un marco cristiano sólido. Este trasfondo complejo dejó a Joseph expuesto a una tradición religiosa diversa que influiría en su posterior trayectoria. En su juventud recibió un contacto cercano con el metodismo, y algunas lecturas históricas señalan un encuentro con figuras e ideas que podrían haber dejado huellas en su manera de interpretar la escritura y la fe.
La ruta de su formación pasó por un periodo de estudio irregular: a los veinte años decidió incorporarse a una escuela en la localidad de Bainbridge, en una búsqueda de mejoras académicas que no siempre logró consolidar. A partir de esa época, su vida estuvo entrelazada con un dinamismo propio de los colonos de la región occidental de Nueva York, donde la efervescencia religiosa del Segundo Gran Despertar modelaba la experiencia espiritual de gran parte de la juventud. Su familia, acostumbrada a la religiosidad, mostró una mezcla de piedad y curiosidad por lo que otros grupos religiosos proponían, dando lugar a un paisaje doctrinal que difería de la ortodoxia establecida.
Con el paso del tiempo, los antecedentes familiares y su curiosidad intelectual convergieron en una presencia cada vez más visible en el ámbito local. Aunque la opinión de sus contemporáneos sobre su madurez intelectual fluctuó, no se puede negar que su imaginación y su vocación de exhortador ejercieron un impacto notable en su círculo cercano. En palabras de quienes lo rodearon durante la adolescencia, era alguien capaz de plantear interrogantes éticos y de sostener debates con una elocuencia que, pese a no ser extraordinaria, mostraba una chispa de persuasión. su juventud estuvo marcada por un aprendizaje práctico, una vocación religiosa en formación y una determinación que más tarde se traduciría en un proyecto espiritual de gran alcance.
Fundación de la iglesia
En el umbral de la adultez, aproximadamente entre 1820 y 1830, emergió una serie de experiencias que Smith describiría como revelaciones directas. Según su relato, una presencia celestial le reveló verdades que le serían confiadas para la restauración de una cristiandad que, a su juicio, había sido perturbada. Uno de los episodios fundacionales, ocurrido en 1820, involucró una visión en la que se declaró la presencia del Padre y de Cristo, un acontecimiento que él interpretó como la llamada a un renovado pacto espiritual. Este acontecimiento fue la antesala de un itinerario que lo conduciría a la escritura de textos sagrados y a la creación de una comunidad religiosa.
Años después, en 1823, afirmó haber sido visitado por un ser angelical que llevaba el nombre de Moroni. En ese encuentro, se le indicó la existencia de inscripciones grabadas en unas planchas de oro, supuestamente propiedad de pueblos antiguos de origen israelita en el continente americano. El ángel, según su narración, le sugirió que debía traducir tales escritos y anunció que él sería el instrumento de una restauración espiritual. Esta promesa marcó el punto de partida de una empresa que combinaría investigación, traducción y la constitución de una nueva organización eclesial.
El desarrollo de esa empresa fue acompañado por una serie de informes y testimonios practicados por varios testigos que, más adelante, se presentarían como verificación de lo sucedido. En esa década, Smith se vinculó con un círculo de colaboradores que lo acompañaron en la búsqueda de una industria de tesoros y, de modo más profundo, en la consolidación de una misión religiosa. Una vez que se consolidó la idea de una comunidad basada en la revelación, se produjo un proceso de traslación de su residencia y de su familia hacia distintos enclaves, especialmente en la región cercana a Palmyra y las inmediaciones de Manchester. Este periodo estuvo cargado de tensiones con quienes veían con recelo la propuesta doctrinal y social que proponía un nuevo tipo de iglesia.
Con el respaldo de su esposa Emma y de otros acompañantes, el proceso de traducción adquirió una peculiar mecánica. Smith afirmó que, durante la lectura de las planchas, empleaba herramientas como las piedras de vidente junto a Urim y Tumim, mientras la memoria y la voz de un escriba trasladaban en limpio el contenido al papel. Este método, que combinaba elementos de interpretación y escritura, se convirtió en una de las características determinantes de la fase inicial de la nueva denomación. En paralelo, la producción textual fue acompañada por la aparición de testimonios de varias personas que aseguraron haber percibido el proceso de revelación y haber sido testigos de las experiencias descritas. A la vez, surgieron voces críticas que cuestionaban la veracidad de las afirmaciones y denunciaban la posibilidad de fraude. En ese contexto, la narración de la traducción fue motivo de controversia y debate que acompañó a la naciente comunidad.
Entre los hechos relevantes de esos años destaca la boda entre Smith y Emma Hale, que se consumó tras una coyuntura de relación y aprobación familiar. La pareja se mudó a las afueras de Manchester, en las cercanías de Palmyra, y allí se consolidó un entorno doméstico que contribuyó a la gestación de la obra que más tarde sería considerada como un texto central para su movimiento. En el ámbito práctico de la vida cotidiana, Smith llevó a cabo distintas tareas que le proporcionaron apoyo económico y al mismo tiempo sostuvieron el proyecto editorial. Su asociación con otros seguidores, incluidos Martin Harris y Oliver Cowdery, fue clave para la edición y difusión de las primeras versiones del texto fundacional.
En 1827, la pareja dio un paso definitivo cuando contrajo matrimonio y, poco después, consolidó su residencia en una casa de la familia de Hale. Este periodo dejó de manifiesto un ciclo de tensiones y avances que, a la larga, se convertiría en una etapa formativa para la organización religiosa que estaba naciendo. En esos años, el propio Smith anunció que había recibido las planchas para traducir, y la narración de Moroni sobre la autenticidad de estas piezas se convirtió en la base de un libro que sería traducido gradualmente y presentado al público en años siguientes. A partir de esa fecha, la vida de Smith quedó inmersa en un ambicioso proyecto de restauración cristiana que prometía recuperar un vínculo directo con las enseñanzas de los primeros apóstoles.
El proceso de traducción se prolongó durante 1827 y 1829, con la cooperación de testigos y participantes que sostuvieron haber presenciado los hechos. En ese marco, la historia de la aparición de Moroni y la entrega de las planchas fue objeto de atención y debate, y la publicación del texto consolidaría el nacimiento de una nueva comunidad religiosa que, desde entonces, ha dejado una huella profunda en la historia religiosa de la región y del mundo. A la vez, los episodios de oposición, persecución y resurgimiento formaron parte de una narrativa que buscaba legitimidad a través de la experiencia de seguidores y detractores por igual.
En 1830, el texto que Smith afirmaba haber traducido vio la luz pública con un título que, con el tiempo, se convertiría en centro de su enseñanza. El proceso de revelación y la autoridad que le fue conferida por autoridades espirituales, según quienes lo defendían, se constituyeron en una columna vertebral de la nueva Iglesia de Cristo, conocida en sus primeros años como Iglesia de Cristo y posteriormente como el movimiento que se consolidó como los Santos de los Últimos Días. Este periodo fue asimismo testigo de la consolidación de una estructura eclesiástica que buscaba restablecer un modelo de organización y doctrina que, según sus defensores, se había perdido en la historia cristiana.
Aquel ámbito de vida religiosa, que se desarrolló en un contexto de gran dinamismo espiritual, no estuvo exento de controversias. Mientras unos veían en Smith un líder carismático que guiaba a una comunidad en crecimiento, otros lo miraban con recelo y preocupación por las implicaciones sociales de sus doctrinas, por la talidad de su interpretación de la autoridad eclesial y por las estructuras que proponía para la convivencia religiosa. Aun así, el movimiento tomó impulso, y su mensaje encontró simpatía en ciertos sectores de la sociedad estadounidense y de otros países, al tiempo que enfrentaba fuertes obstáculos por parte de autoridades civiles y de comunidades religiosas establecidas.
Entre las singularidades de la fase fundacional se destacó la presencia de testigos que compartían la experiencia de ver y escuchar el proceso mediante el cual se manifestaba la revelación. Sus relatos, que se incorporaron a las primeras páginas del libro fundado en ese periodo, fueron aceptados por los miembros como pruebas del origen divino de la obra. Este componente testimonial se mantuvo como un elemento de identidad para la naciente comunidad y, con el tiempo, una fuente de debate entre críticos y fieles por igual. En ese marco, la labor de Emma, la esposa del fundador, se convirtió en un soporte esencial para la consolidación del proyecto, destacando su educación y habilidades como maestra que aportaron una dimensión intelectual y organizativa a la naciente iglesia.
Con el paso de los años, la organización emergente se fortaleció a través de alianzas, viajes y cambios de residencia, reflejando una voluntad de expansión que, sin embargo, también enfrentó la hostilidad de comunidades religiosas y de autoridades civiles. Este tránsito forzoso y, en ocasiones, forzado, llevó a la comunidad a buscar refugio en distintas localidades y, finalmente, a replantear su estrategia de asentamiento, un proceso que terminaría por influir en la trayectoria de la propia iglesia y en la configuración de su proyección histórica.
La vida de Smith también estuvo marcada por un conjunto de trabajos que, si bien no estaban directamente conectados con la misión espiritual, proporcionaron recursos y experiencias que, de una u otra forma, alimentaron su proyecto. Entre ellos, destacó la participación en actividades de búsqueda de tesoros y otras empresas que requerían un contacto estrecho con comunidades y entornos rurales. Estas experiencias, consideradas por algunos como meras anécdotas, fueron interpretadas por otros como parte de un itinerario de aprendizaje práctico que alimentó su comprensión de la vida cotidiana de la gente de su tiempo. A la vez, su relación con Emma y con otros colaboradores dejó entrever la estrecha red de apoyos que sostuvieron el crecimiento de su obra, incluso cuando las críticas y las dudas acechaban la veracidad de las revelaciones y de la traducción.
Con el transcurso de los años, el relato de la fundación y de la consolidación de la obra dio paso a una fase de consolidación institucional. El libro que surgió de aquel proceso adquirió un estatus central en la fe de quienes lo adoptaron, y la comunidad que lo aceptó encontró en la figura de Smith un liderazgo simbólico capaz de articular una visión de la cristiandad restaurada y de la autoridad espiritual necesaria para difundirla en distintos ambientes culturales. Este periodo fue clave para la formulación de una identidad doctrinal que, con el tiempo, se convertiría en una de las señas distintivas del movimiento que él había inaugurado.
Prisión y muerte
La trayectoria de Smith estuvo acompañada por un ciclo de tensiones que condujo a una severa confrontación con autoridades locales y con sectores de la sociedad en los años posteriores. El proceso culminó en un momento de crisis cuando, a causa de la destrucción de una publicación crítica y de la declaración de ley marcial, el fundador terminó en la cárcel de Carthage, en el estado de Illinois, para afrontar cargos de traición y otros señalamientos. Un asalto violento, cometido por un grupo de individuos que buscaban silenciar su liderazgo, terminó con la muerte de dos personas, entre ellas el propio Smith, que recibió varios disparos y cayó desde una ventana del edificio donde se encontraba recluido. Su fallecimiento dejó a la naciente comunidad en una coyuntura de profundo dolor y de incertidumbre sobre su futuro espiritual y organizativo.
La muerte de Smith fue un hito que desencadenó una crisis de liderazgo y una compleja discusión sobre la continuidad de la iglesia. Mientras unos defendían la sucesión en el cargo directivo a través de una línea de descendientes, otros proponían un régimen colegiado o la necesidad de esperar a la madurez de ciertos líderes para asumir la responsabilidad. Este periodo de desunión dio lugar a distintas comunidades que, a partir de entonces, seguirían su propio camino, dando lugar a las diversas ramificaciones que existen en la actualidad bajo el paraguas del movimiento que él fundó. La pérdida de una figura central dejó un vacío que, sin embargo, también impulsó a la organización a reorganizarse, a replantear su misión y a redefinir las estrategias para sostenerse en un contexto cultural desafiante.
Consecuencias de su muerte
La desaparición de Smith abrió una etapa de disputas respecto a quién debería encabezar la naciente iglesia y qué rasgos debía exhibir su autoridad. Surgieron estrategias y propuestas divergentes sobre la línea de sucesión que debía guiar a la comunidad. Un sector consideró que la dirección debía recaer en el hijo del fundador; otros abogaban por conferir el control a un cuerpo formado por los apóstoles. Esta confrontación, lejos de resolverse de inmediato, dio lugar a un cisma que dejó al movimiento con varias corrientes distintas, cada una reivindicando la legitimidad de su liderazgo.
Entre las figuras que emergieron para dirigir tras la desaparición, Brigham Young se presentó como el líder de un grupo que aceptaba su visión y que, aun sin haber buscado el cargo voluntariamente, asumió la responsabilidad ante la necesidad de cohesionar a la comunidad. Por otro lado, Joseph Smith III, el hijo menor de la pareja fundadora, era aún joven, y sus partidarios defendían que, en la medida de su crecimiento, debería ocupar un puesto de autoridad. A lo largo de ese proceso, la idea de revelación y de dirección espiritual dejó de ser prerrogativa exclusiva del fundador y pasó a depender de las experiencias y convicciones de quienes lideraban. Este fenómeno desembocó en la creación de consolidaciones institucionales que, con el paso de los años, cristalizaron en varias ramas dentro del mosaico del movimiento.
La migración de la mayor parte de los seguidores hacia territorios occidentales, especialmente hacia el nuevo refugio en Utah, marcó una de las consecuencias más relevantes de aquel periodo de tensiones. La reubicación se convirtió en una estrategia para salvaguardar la continuidad de la comunidad ante el hostigamiento y la violencia; la decisión de asentarse en las tierras del Gran Lago Salado dio origen a una nueva etapa de asentamiento y organización. A partir de ese traslado, se consolidó una identidad geográfica y cultural que se mantiene en la actualidad entre las comunidades que integran este movimiento religioso.
Con el tiempo, la historia de la casa de Smith se convirtió en un marco de referencia para entender la trayectoria de la iglesia que había nacido de su liderazgo. La narrativa de la institución que llevó su nombre se fue adaptando a las cambiantes condiciones sociales y políticas, y la memoria de su fundador continuó alimentando la legitimidad de quienes lo consideraron la figura central de un renacimiento espiritual. En este sentido, el legado de Smith se convirtió en un catalizador de identidades religiosas que, con diferentes énfasis, buscaban preservar la memoria de un proyecto que, en su esencia, pretendía devolver a los cristianos una experiencia de fe directa y vivida a través de la revelación.
Familia y descendientes
La vida marital de Smith con Emma Hale dio fruto a una familia numerosa. Juntos engendraron nueve hijos, de los cuales solo cuatro alcanzaron la etapa adulta: Joseph Smith III, Frederick Granger Williams Smith, Alexander Hale Smith y David Hyrum Smith. El resto de la descendencia enfrentó tempranamente la fragilidad de la vida, muriendo cuando eran aún pequeños, lo que dejó una estela de duelo y de continuidad de la dinastía familiar en medio de las turbulencias de la época. Este conjunto de nombres y destinos se convirtió en una memoria que continuó influyendo en la historia de la comunidad y en las historias de quienes los siguieron.
La vida de Emma Smith, por su parte, fue decisiva para la trayectoria de la pareja y para el curso de la propia iglesia. En medio de un ambiente de fuerte oposición y de debate público sobre la poligamia, Emma mantuvo una postura crítica, defendiendo una lectura monógama de la vida conyugal y oponiéndose a la expansión de prácticas que otros atribuyeron a su esposo. Su papel como impulsora de corrientes específicas dentro de la comunidad, así como su militancia en la defensa de la verdad de las revelaciones, dejó una impronta indeleble. Después de la muerte de Smith, Emma experimentó vaivenes personales y religiosos: se separó de Brigham Young y vivió parte de su vida en Nauvoo, Illinois, asociándose en un momento con un no miembro de la Iglesia. Su trayectoria final la llevó a integrarse en una organización que emergía de un movimiento fundado por su esposo, que buscó mantener viva la memoria de las enseñanzas de Smith sin renunciar a su propio itinerario espiritual.
En el transcurso de su vida, Emma argumentó con vehemencia contra la idea de que Smith hubiera practicado la poligamia de forma indiscriminada. Afirmó, de manera constante, haber conocido la revelación de ese tema en la prensa y se mantuvo como crítica de aquellas prácticas que otros atribuían al fundador. Fue una defensora de la memoria de Smith y, al mismo tiempo, una líder que defendió la integridad moral de la obra que se le atribuyó a su marido. Su postura pública y su actividad social en las organizaciones de mujeres aportaron una visión de género y de liderazgo que dejó una marca en la evolución de la comunidad después de su muerte.
Tras la desaparición de Smith, Emma experimentó un complejo itinerario vital. Se separó de Brigham Young, temerosa de las ambiciones de poder que se articulaban en ese periodo y de la posibilidad de que sus bienes y su memoria fueran absorbidos por la organización naciente. Decidió permanecer en Nauvoo durante un tiempo y, en medio de sus decisiones personales, contrajo matrimonio con un hombre ajeno a la comunidad, Lewis C. Bidamon, con quien llevó una vida relativamente apartada de la estructura eclesial dominante. Más tarde, adoptó una postura de retorno a la vida religiosa al unirse a la Iglesia Reorganizada de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, liderada por su hijo Joseph Smith III, mostrando una continuidad de su vínculo con la memoria de la obra y con la legitimidad de la tradición que inició su esposo. Aunque su relación con la poligamia fue objeto de controversia, nunca negó la convicción profética que Smith habría compartido, y defendió la validez de la obra que él afirmó haber recibido por revelación.
- Joseph Smith III — hijo mayor que continuaría la herencia espiritual de la familia en la línea de liderazgo.
- Frederick Granger Williams Smith — uno de los hijos que alcanzó la vida adulta y formó parte de la continuidad familiar en la comunidad.
- Alexander Hale Smith — otro heredero que aportó a la consolidación de la identidad de la iglesia naciente.
- David Hyrum Smith — figura entre los adultos que sostuvieron la memoria de la obra familiar.
En conjunto, la narrativa de la familia Smith refleja un relato de fe, conflicto, perseverancia y adaptaciones que permeó la trayectoria de un movimiento religioso que respondió a las grandes preguntas de su tiempo. A partir de Emma y sus hijos, se dibuja una genealogía espiritual que influirá, de una manera diversa y crítica, en las ricas huellas que ese legado dejó en diferentes comunidades y tradiciones cristianas alrededor del mundo. Este conjunto de vivencias familiares se yuxtapone con las grandes corrientes de su época y permite entender la compleja dinámica de una historia que, lejos de cerrarse, continúa alimentando debates, lecturas y memoria en el mundo contemporáneo.