Juan Antonio Pezet
| Nombre completo | Juan Antonio Pezet |
|---|---|
| Descripción | Presidente del Perú de 1863 a 1865 |
| Fecha de nacimiento | 11-06-1809 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 24-03-1879 |
| Nacionalidad | Perú |
| Ocupaciones | político, militar |
| Idiomas | español |
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Juan Antonio Pezet y Rodríguez de la Piedra nació en la ciudad de Lima en 1809 y su vida quedó marcada por una trayectoria que atravesó los más intensos episodios de la joven república peruana. Militar de carrera y líder político, ocupó en distintos momentos los cargos de primer ministro, vicepresidente y, finalmente, presidente del Perú entre 1863 y 1865. Su periplo vital abarcó combates independentistas, coyunturas dinásticas y una de las crisis diplomáticas más cruentas que enfrentó el país en el siglo XIX. Murió en Chorrillos, en 1879, dejando una memoria de actuación gubernamental centrada en la negociación, la reorganización militar y la diplomacia como herramientas para defender la soberanía nacional.
Juan Antonio Pezet y Rodríguez de la Piedra nació en la ciudad de Lima en 1809 y su vida quedó marcada por una trayectoria que atravesó los más intensos episodios de la joven república peruana. Militar de carrera y líder político, ocupó en distintos momentos los cargos de primer ministro, vicepresidente y, finalmente, presidente del Perú entre 1863 y 1865. Su periplo vital abarcó combates independentistas, coyunturas dinásticas y una de las crisis diplomáticas más cruentas que enfrentó el país en el siglo XIX. Murió en Chorrillos, en 1879, dejando una memoria de actuación gubernamental centrada en la negociación, la reorganización militar y la diplomacia como herramientas para defender la soberanía nacional.
Biografía
Carrera militar y política
Hijo de José Pezet y Monel y María del Rosario Rodríguez de la Piedra, nació en un ámbito familiar vinculado a la medicina, la literatura y la labor parlamentaria. Su padre, médico y comunicador, defendió la causa independentista y dejó un legado que marcó la memoria de varias generaciones. Su abuelo fue un marino francés que arribó a la escena limeña en el siglo XVIII, tal como consta en las crónicas de la época. Estas raíces influyeron en su educación y en su posterior vocación castrense, que tomaría forma en medio de las guerras de emancipación y los conflictos posteriores entre fuerzas regionales y el poder central.
Recibió el bautismo en la parroquia de Santa Ana poco después de su nacimiento y, para sus primeros años, integró el Real Convictorio de San Carlos. Sin embargo, el sentido patriótico que acompañó a la lucha por la independencia lo llevó a abandonar las aulas y a presentarse ante el general José de San Martín en Huaura, en 1821. Con apenas 12 años ingresó al Ejército Libertador como cadete y participó en la entrada a Lima y en el primer sitio del Callao, experiencias que forjaron su temprano talante militar y su lealtad a las causas que fortalecían la nación naciente. A partir de ese momento, Pezet progresó en la jerarquía hasta convertirse en subteniente y formó parte de la Legión Peruana, interviniendo en combates como Torata y Moquegua durante la Primera Campaña de Intermedios.
Con el avance de la campaña libertadora, fue promovido a teniente y asumió roles decisivos bajo el mando de Bolívar y Sucre. Combatió en las campañas decisivas que culminaron con la independencia, especialmente en Junín y Ayacucho (1824). Acompañó a Sucre en la expedición al Alto Perú, donde obtuvo experiencia estratégica que luego influyó en su visión de las fronteras y la seguridad nacional. En ese periodo, su vinculación con la causa libertadora dejó una impronta indeleble en su trayectoria, a la que volvería en distintos episodios de su vida pública.
De regreso al Perú, Pezet recibió ascensos que consolidaron su papel en las filas del ejército. En 1827 integró el Batallón Zepita y acompañó al general Agustín Gamarra en la campaña de Bolivia de 1828, que buscaba asegurar la salida de la presencia colombiana en la región. Tres años después, fue promovido a sargento mayor y asumió la Comandancia Militar del Desaguadero, en la frontera con Bolivia, en un contexto de tensiones permanentes con esa república. Su carrera continuó con su nombramiento como edecán del presidente Luis José de Orbegoso en 1833, ocasión en la que acompañó al jefe de Estado en la capital, poco antes de la perturbación política de 1834. En el marco de la Guerra Civil Peruana de 1834, Pezet participó en la batalla de Huaylacucho y formó parte del abrazo de Maquinhuayo, cuyo desenlace consolidó un tramo clave de aquel siglo convulso. Después de ese episodio, el funcionario se situó en un flanco de la política de Orbegoso, viajando con el mandatario en giras por el sur y asumiendo roles de importancia en las maniobras que definían la defensa del Estado.
Con la llegada de nuevas etapas de conflicto, Pezet pasó a ocupar la posición de coronel y lideró el Batallón Libres de Arequipa en 1835 durante la que sería la llamada campaña del sur. Aunque Orbegoso pactó con la intervención del ejército boliviano, Pezet pidió su retiro del servicio, un gesto que mostró su tendencia a la autonomía y a la defensa de las fronteras nacionales por la vía de la acción, la prudencia y la responsabilidad institucional. En el marco de la Confederación Peru-Boliviana, ejerció como contador de la aduana de Islay y, tras la invasión del Ejército Restaurador del Perú, fue desplazado de ese cargo para regresar años después a la vida militar, con la misión de dirigir la orientación estratégica en el sur del país y apoyar el fortalecimiento de la estructura castrense. Su regreso coincidió con su designación como jefe de estado mayor de la segunda división del Ejército del Sur, tras la pacificación con Bolivia y la reorganización nacional que siguió a la contienda diplomática y militar.
En el marco de la Guerra contra Bolivia y los vaivenes civiles que marcaron la década de 1840, Pezet se mantuvo a la expectativa de la evolución política. Participó en el levantamiento de Vidal en Arequipa y luchó en la batalla de Agua Santa (1842), acción que le valió el ascenso a general de brigada. Su carrera siguió entre altas responsabilidades: fue prefecto de Lima y comandó divisiones que debían enfrentarse a la revolución encabezada por Manuel Ignacio de Vivanco. Su personalidad compleja quedó manifiesta en su decisión de acompañar a Vivanco en determinadas circunstancias, lo que produjo un interinato de poder entre primavera de 1843 y finales de ese año. En ese periodo, recibió funciones como inspector general del ejército y prefecto del departamento de La Libertad, tras lo cual enfrentó la revolución constitucional que estalló en 1844 con los generales Nieto y Castilla. Durante la batalla de Carmen Alto, Pezet resultó herido y pasó a ser prisionero, episodio que dejó una marca profunda en su trayectoria y terminó con el triunfo de Castilla en esa coyuntura.
El destino político de Pezet pasó por un retorno a las filas, pues Castilla lo mantuvo en funciones de inspector general de la Guardia Nacional en 1846. A partir de entonces, su carrera se desplazó hacia tareas de campaña y organización territorial: pasó a Arequipa para formar tropas y asumió interinamente la prefectura de ese departamento, y posteriormente Moquegua, en un periodo de consolidación institucional ante las tensiones regionales. Su lealtad a Echenique no le impidió participar de momentos críticos de la historia nacional, que lo obligaron a afrontar nuevas invasiones y a sostener la defensa de la frontera sur ante una eruptiva Bolivia. En la década de 1850, la acción política de Castilla enfrentó transformaciones profundas y la figura de Pezet se mantuvo como un referente militar que respondía a las necesidades operativas del ejército y a las complejidades de la gobernabilidad en una época de conflictos y alianzas fluctuantes.
La década de 1850 consolidó su perfil de líder capaz de asumir responsabilidades de alto nivel. Bajo la administración de José Rufino Echenique, Pezet fue nombrado general en jefe del ejército que se organizó en el sur, en medio de una nueva amenaza de guerra con Bolivia. Aunque la revolución liberal de 1854, liderada por Castilla en Arequipa, desbordó su aparato de lealtades, Pezet se mantuvo fiel al gobierno hasta la derrota de la facción en la batalla de La Palma (5 de enero de 1855). Su trayectoria cambió con el exilio temporal en Chile y un retorno a los cuarteles nueve meses después, cuando volvió a integrarse al servicio activo para reorganizar las tropas en el marco de las tensiones regionales. En 1859, Castilla lo nombró ministro de Guerra y Marina, y en esa función lideró el Estado Mayor durante la guerra peruano-ecuatoriana (1858-1860). Su experiencia en el mando le permitió incluso presidir el Consejo de Ministros y, como tal, ejercer interinamente la Presidencia por causa de la incapacidad temporal del presidente y de la enfermedad del vicepresidente. En ese periodo, llevó a cabo la inauguración de un Congreso encargado de reformar la Constitución, un hecho simbólico de la búsqueda de un marco institucional más sólido, que conectaría con su papel en la escena política durante ese año decisivo.
En 1862 fue elegido primer vicepresidente de la república, acompañando al presidente electo Miguel de San Román y al segundo vicepresidente, Pedro Diez Canseco. Sin embargo, la salud le obligó a buscar tratamiento en Europa, donde se trasladó para cenarios de reposo y rehabilitación en lugares como Vichy y otras ciudades francesas, en vistas de recuperar su capacidad física y continuar participando de la vida pública. La muerte de San Román en 1863 lo llevó a regresar al país para asumir la presidencia constitucional, según lo establecido en la Constitución de 1860, que otorgaba al primer vicepresidente la responsabilidad de completar el mandato del jefe de Estado en caso de fallecimiento. Este retorno marcó un giro decisivo en su trayectoria personal y política, al colocarlo al frente de un episodio de gran complejidad para la nación.
Presidencia de la República
El 5 de agosto de 1863 asumió la Presidencia del Perú, con Juan Antonio Ribeyro como primer ministro y ministro de Relaciones Exteriores. Su administración enfrentó un conflicto de índole internacional que dejó huella en su mandato: la ocupación de las Islas Chincha por una escuadra española, que se presentaba ante el mundo con un telón de “expedición científica” y que, en la práctica, alteraba el equilibrio de poder en la región. Este hecho se convirtió en el eje de las tensiones entre el gobierno peruano y España, condicionando su gestión ante una agresión percibida como una violación de la soberanía. El episodio catalizó una crisis diplomática de gran magnitud y denunció las limitaciones de la Armada peruana para enfrentar de inmediato una contingencia de tal magnitud. En ese marco, la defensa de la integridad territorial exigió respuestas políticas y diplomáticas que el gobierno peruano organizó a través de negociaciones que buscaron evitar un conflicto directo y, al mismo tiempo, preservar la capacidad defensiva del país ante una eventual necesidad de respuesta armada.
En el inicio de su mandato, Pezet enfrentó un incidente de origen interno conocido como el Incidente de Talambo, ocurrido justo antes de su retorno al Perú. Este episodio, que involucró a inmigrantes vascos y trabajadores peruanos cercanos a Chiclayo, produjo un desencuentro que España aprovechó para intervenir por medio de Eusebio Salazar y Mazarredo, asignándole un cargo diplomático que, para el Perú, no era aceptable como representante de Su Majestad, pues no respondía a la práctica diplomática contemporánea. Aun así, el gobierno peruano sostuvo que trataría el asunto a través de canales oficiales y negó reconocimiento a la figura de un Comisario. La tensión dio paso a negociaciones que culminaron con la ocupación de las islas, el despliegue de buques de guerra españoles y la decisión de apelar a una vía diplomática para resolver la disputa, con la esperanza de evitar una confrontación mayor.
La situación se complicó cuando las autoridades españolas reforzaron su posición, dando lugar a la decisión de retirar a Pinzón y reemplazarlo por Pareja. Aun cuando la opinión pública en Lima reclamaba una respuesta contundente, el gobierno optó por mantener una actitud orientada a la negociación, con el objetivo de ganar tiempo para fortalecer la capacidad de defensa del país y, al mismo tiempo, buscar una solución que resarciera la soberanía sin abrir un conflicto directo de magnitud mayor. Ante la presión internacional, se enviaron comisiones a Europa para adquirir buques de guerra y material bélico; entre los representantes figurarían figuras navales de renombre como Miguel Grau y Aurelio García y García, que trabajaron para sostener la posición peruana en el ámbito diplomático y militar. En el plano regional, el Congreso Americano se reunió en Lima, con representantes de las naciones del continente, y emitió un pronunciamiento en apoyo a la postura del Perú, rechazando la ocupación y demandando la devolución de Chincha a la administración peruana. Este escenario de negociación dio paso al Tratado Vivanco-Pareja, suscrito en enero de 1865, mediante el cual el Perú recuperaba la posesión de las islas, pero aceptaba una indemnización de tres millones de pesos para cubrir los gastos de la escuadra española. A pesar de este acuerdo, la mayoría de la ciudadanía lo recibió con desdén, considerándolo una concesión inapropiada para la nación, y la opinión pública halló en la cuestión un signo de debilidad que alimentó un descontento generalizado hacia el gobierno.
La reacción nacional culminó en la Revolución Nacionalista impulsada por Mariano Ignacio Prado, que se cristalizó en Arequipa a finales de febrero de 1865. El movimiento revolucionario se fortaleció rápidamente y, bajo el mando del general Pedro Diez Canseco, las tropas entraron a Lima en la madrugada del 6 de noviembre de 1865, sorteando la resistencia gobiernista y llevando al asalto del Palacio de Gobierno. En ese contexto, Pezet, que se hallaba fuera de la ciudad con sus fuerzas, decidió no prolongar un sufrimiento mayor y renunció a la primera magistratura el 8 de noviembre, al retirarse hacia la seguridad de la corbeta británica Shear Water. La caída de la capital y la renuncia marcaron el cierre de su experiencia presidencial ante un país que atravesaba un periodo de inestabilidad y presión interna y externa.
Después de su salida del poder, Pezet fue objeto de señalamientos por parte de Castilla y del bando vencedor, que lo tildó de traidor y ladrón. De forma posterior, partió rumbo a Europa, donde permaneció hasta 1871, inmerso en un ostracismo forzado que no logró amortiguar su influencia ni su estatus en la memoria política de la época. A pesar de la crítica y el descrédito que recibió, su función como figura central de una fase de tensión internacional dejó un registro de maniobras diplomáticas y estratégicas orientadas a sostener la soberanía en condiciones adversas y a preparar al país para las fases siguientes de su historia.
Obras de su gobierno
Pese a la intensidad del conflicto con España, su administración llevó a cabo iniciativas tangibles que apuntalaron la economía y la educación, y buscó ampliar la capacidad operativa del Estado. Entre las acciones más destacadas se cuentan:
- La expedición de un Reglamento de Comercio que buscaba modernizar y ordenar las relaciones comerciales con el exterior.
- La creación de la Escuela de Artes y Oficios, destinada a formar trabajadores calificados y a promover el desarrollo industrial y técnico de la nación.
- La instalación del apostadero fluvial de Iquitos, un paso estratégico para la conectividad y el control de la navegación en la cuenca amazónica.
Últimos años
Durante sus años de retiro, habitó en Richmond, Inglaterra, desde donde siguió de cerca las decisiones de política exterior de su país y gestionó, en la medida de lo posible, la retirada de los buques de guerra que habían formado parte de la flota de su gobierno, en particular el monitor Huáscar y la fragata Independencia. Regresó al Perú en 1871 y, desde entonces, se apartó progresivamente de la actividad política, manteniendo un perfil más bien bajo y alejándose de la vida institucional activa. Falleció en Chorrillos a finales de 1879, cuando la nación ya se preparaba para nuevos retos y el panorama regional volvía a estar marcado por las tensiones en la región del Pacífico. En su memoria se cuenta que, ante la propuesta de Prado de nombrarlo jefe del ejército, respondió con una expresión que resonó en la historia como un proverbio popular: “Diga usted a Prado que al asno muerto, la cebada al rabo”, una frase que resumía su actitud ante una circunstancia que percibía como una marcada imposición de la contingencia sobre su salud y su trayectoria de servicio.
Descendencia
El 24 de junio de 1830 contrajo matrimonio con la Arequipeña Juana de Tirado y Coronel-Zegarra, hija de Manuel de Tirado y Abril y Rosalía Coronel Zegarra. De esa unión nació un único hijo, Juan Federico Pezet y Tirado, que seguiría sus pasos en la esfera diplomática y administrativa. Entre los herederos que el linaje dejó figuran nombres de relevancia en la memoria histórica peruana, como Federico Alfonso Pezet Eastted, Víctor Pezet Eastted y Max Arias-Schreiber Pezet, cuyas trayectorias, aunque distintas, mantienen vivo el legado de la familia en la vida pública y cultural del país. Esta genealogía revela la continuidad de una estirpe vinculada a la política, la administración y la defensa de la soberanía nacional a lo largo de varias generaciones.