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Mariano Melgar

Nombre completo Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso
Descripción Poeta y revolucionario independentista peruano
Fecha de nacimiento 10-08-1790
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 12-03-1815
Nacionalidad Virreinato del Perú
Ocupaciones poeta, escritor, traductor, pintor
Idiomas español, francés, latín
HermanosJosé Fabio Melgar Valdivieso
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Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso emergió en Arequipa a fines del siglo XVIII como un joven que fusionó las letras con una convicción íntima por la libertad. Su vida, breve pero intensa, transcurrió entre aulas, amores turbulentos y una participación decisiva en las pasiones históricas de su tiempo: la lucha por la independencia del Perú. Su legado poético abrió camino a una voz nacional que, pese a la juventud, dejó huella en la imaginación de su país y más allá de sus fronteras.

Mariano Melgar — Imagen principal

Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso emergió en Arequipa a fines del siglo XVIII como un joven que fusionó las letras con una convicción íntima por la libertad. Su vida, breve pero intensa, transcurrió entre aulas, amores turbulentos y una participación decisiva en las pasiones históricas de su tiempo: la lucha por la independencia del Perú. Su legado poético abrió camino a una voz nacional que, pese a la juventud, dejó huella en la imaginación de su país y más allá de sus fronteras.

Biografía

Nacimiento

El punto de origen de Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso se ubica en el territorio de Arequipa, donde vería la luz en la última década del siglo XVIII. Sus padres, Juan de Dios Melgar y Andrea Valdivieso Gallegos, situaban su nacimiento en el marco de una familia que buscaba estabilidad en medio de las vicisitudes económicas. La fecha exacta de su alumbramiento se mantiene controvertida, oscilando entre el 8 y el 10 de agosto de 1790, mientras que el registro sacramental, realizado en la catedral de la ciudad, confirma el 12 de agosto del mismo año. En cualquier caso, ese año marcaría el inicio de una trayectoria que combinaría estudio, amor y militancia.

Estudios

Desde muy temprano, el talento de Melgar se manifestó en las aulas de la ciudad. La escuela del Convento de San Francisco fue su primer entorno formativo, donde, según la tradición, aprendió a leer antes de completar los tres años y ya destilaba una curiosidad que pocos podían igualar. Su hermano menor, José Fabio Melgar, aseguraba que a los ocho años dominaba el latín con una soltura que lo convertía en guía para sus compañeros. Posteriormente, otros relatos señalan un dominio precoz de lenguas modernas como el inglés y el francés, incluso antes de la edad de la adolescencia. En ese marco, el joven se dibujaba ya como un estudioso inquieto, capaz de convertir su mirada en arte y en proyecto de vida.

La situación económica de su padre impulsó una decisión que trastocaría su destino: se le otorgó una capellanía eclesiástica ubicada en una viña del Pago de Guarango, en el Valle de Majes, con una renta significativa a modo de apoyo. A los seis años, Mariano recibió la prima tonsura de manos del obispo y vistió el hábito clerical, una promesa de vida dedicada a la Iglesia. Sin embargo, esa promesa no tardó en ser cuestionada por las autoridades, que suspendieron la concesión por motivos procesales; Juan de Dios Melgar, decidido a no perder a su hijo, emprendió un litigio para revertir la decisión, sin obtener finalmente el resultado deseado. En todo momento, la vida de Melgar estuvo entre lo sagrado y lo secular, entre la obligación y el deseo, trazando la línea de un camino que más tarde tomaría rumbos inesperados.

El 19 de septiembre de 1807, Melgar superó un nuevo hito al ingresar al Seminario Conciliar de San Jerónimo para estudiar Filosofía y Teología. Su acceso a una de las bibliotecas más ricas de Arequipa le permitió conocer con detalle las obras clásicas y las luces de la Ilustración, y fue allí donde emprendió con ahínco la tarea de traducir a Virgilio, actividad que marcaría su vocación literaria posterior. En esa década, el joven recibió además una beca de gracia y asumió encargos docentes en calidad de interino, alternando cargos de Gramática, Latín y Retórica, Física y Matemáticas, y Filosofía entre 1810 y 1813. En esa misma etapa, el 21 de septiembre de 1810, recibió las órdenes menores de manos del obispo sucesor, consolidando su conexión con la vida eclesiástica.

Con el paso de los años, Melgar empezó a abandonar la carrera eclesiástica por razones de amor y deseo de autonomía. En 1812 emprendió un viaje a Lima para estudiar Derecho en la Universidad de San Marcos, una decisión que se inscribía en el intento de forjar un destino propio fuera de los muros del Seminario. Aunque no está plenamente documentado si logró completar el grado de doctor, esa etapa de su vida marcó un giro decisivo: la entrega a la escritura y a la investigación, huellas que se combinarían con su visión política.

Sus amores

La biografía sentimental de Melgar se inicia con Melisa, cuyo verdadero nombre era Manuelita Paredes, hija del Tesorero Fiscal de Arequipa. Sin embargo, fue Silvia, una prima en segundo grado de Melgar, quien se convirtió en su amor más intenso y tormentoso. Según la memoria popular, Silvia habría sido una adolescente cuando el poeta empezó a sentir una pasión que sacudió sus convicciones y lo llevó a abandonar la senda eclesiástica. Sus padres, por motivos que no siempre se explican con claridad, lo enviaron a Lima para estudiar leyes, pero, a la postre, la presión familiar lo llevó a regresar a Arequipa y luego a Lima, buscando un equilibrio entre deseo y deber. En ese periodo, Melgar empezó a destacar en la esfera literaria, dentro de un marco todavía clásico que poco a poco se vería desbordado por una sensibilidad revolucionaria.

Durante esa época de búsquedas, Melgar compuso una oda para la ocasión de la elección del cabildo en Arequipa, un primer indicio de su voz comprometida con la libertad. En 1813, escribió otra oda dedicada a José María Corbacho y Abril, su compañero en el seminario y en la tertulia literaria local, preludio de una serie de textos donde la emoción y la reflexión cívica se entrelazaban. En Lima, cuando se celebraban hitos relacionados con la liberal Constitución de Cádiz y con la designación de figuras relevantes del Estado, Melgar dejó constancia de su mirada histórica a través de una oda que aludía al significado de la unidad hispanoamericana. En paralelo, apareció en el periódico El Investigador su fábula El ruiseñor y el calesero, una pieza breve que ya insinuaba el tono crítico que caracterizaría gran parte de su obra posterior.

De regreso a Arequipa, Silvia volvió a ocupar un lugar central en su existencia y, aunque la relación atravesó altibajos, el poeta la convirtió en una fuente de dolor, de inspiración y de escritura. Su famosa Carta a Silvia, compuesta en 522 versos, resume el itinerario emocional que va desde el enamoramiento hasta la desilusión y la pérdida, un retrato íntimo que se entrelaza con la realidad de su tiempo. En la misma época, Melgar también escribió un Soneto a la Mujer y se ocupó de la traducción y el estudio de obras clásicas, especialmente de Ovidio, mientras se dedicaba a la labor de campo en Majes, escenario de un aprendizaje directo de las comunidades campesinas y de las tradiciones sonoras que alimentaron su lírica. En esa experiencia, Melgar descubrió los orígenes del yaraví, una forma que acabaría por hacer de su voz una de las más singulares de la poesía de su país.

En la lucha por la independencia del Perú

En agosto de 1814, la rebelión que se gestaba en la región andina encontró un punto de inflexión en el plan de las fuerzas patriotas. Melgar, que se hallaba en Majes, se desplazó a Chuquibamba con la intención de integrarse a las tropas que respondían al movimiento encabezado por Mateo Pumacahua; su formación intelectual le valió ser nombrado Auditor de Guerra, una designación que otorgó peso a su intervención en la gestión de las operaciones militares y la coordinación de las fuerzas insurgentes. La campaña victoriosa de Apacheta les dio un primer respiro a los patriotas, que lograron tomar Arequipa, solo para verse obligados a retirarse frente a la respuesta realista y a la presión de las fuerzas contrarias. En ese periodo de convulsión, Melgar dejó de ser un poeta de gabinete para convertirse en una figura activa de la lucha independentista.

El 28 de febrero de 1815, en Ayaviri, Vicente Angulo firmó una propuesta de paz dirigida al general realista Juan Ramírez Orozco; se cree que Melgar estuvo involucrado en la redacción de ese documento, que buscaba una salida pacífica a la confrontación. Poco después, el 11 de marzo de 1815, se libró la batalla de Umachiri, que enfrentó a las fuerzas patriotas contra el ejército realista. Melgar asumió el mando de la artillería y, pese a su valentía, la contienda terminó en derrota para las fuerzas que buscaban la independencia. Tras la retirada, fue persuadido para huir y recibió un caballo que le permitió hacerlo, pero finalmente fue capturado por las autoridades realistas. En un improvisado tribunal instalado en el mismo campo de batalla, Melgar fue condenado a muerte y ejecutado al amanecer del día siguiente, el 12 de marzo de 1815. Se cuenta que, cuando le pidieron cubrirle los ojos, rechazó la venda afirmando que América se haría libre en menos de diez años, una profecía que, según la historia, se cumpliría con la derrota de las fuerzas realistas en Junín y Ayacucho.

Más tarde, el 16 de septiembre de 1833, sus restos fueron trasladados a Arequipa y, al día siguiente, recibió sepultura en el cementerio de La Apacheta, en el lugar que la ciudad destinaba a sus mártires de la emancipación. En reconocimiento a su papel en las primeras campañas independentistas, el gobierno peruano lo declaró oficialmente patriota y soldado de la nación el 2 de julio de 1964, en una resolución que buscaba honrar la memoria de un joven que dejó claro que la creatividad y el coraje podían ir de la mano para transformar su país.

Obra literaria

Melgar partió de una vida demasiado breve para dejar un corpus completo y cohesionado, pero sí dejó una impronta que no tardaría en hacerse visible. Su producción, aunque fragmentaria, revela una mente curiosa y un corazón sensible que buscaba responder a las preguntas de su tiempo con claridad y originalidad. Aunque la mayor parte de su obra apareció póstumamente, su presencia fue suficientemente contundente para que la posteridad lo reconociera como un poeta de palabras livedas y de una ética de compromiso.

La edición inicial de su labor poética se dio años después de su muerte, cuando Ayacucho recibió la carta a Silvia y el resto de sus piezas. En 1827, El Republicano de Arequipa difundió cinco fábulas, entre las que destacan El murciélago y Los gatos, publicadas en junio de ese mismo año. Entre 1831 y 1833 aparecieron nuevas composiciones en la prensa local, que consolidaron su renombre como creador de versos y fábulas impregnadas de crítica social y sensibilidad política. En 1833, la imprenta gubernamental dio a conocer la traducción de Remedios de amor, de Ovidio, a la que Melgar añadió un título propio, El Arte de olvidar, que reflejaba tanto su ingenio como su tono melancólico.

El sobrino del poeta, Manuel Moscoso Melgar, reunió por primera vez parte de su legado en una compilación bajo el título Poesías, con prólogo de Francisco García Calderón. En esa antología se incluyeron la Carta a Silvia, varias odas, elegías, fábulas, sonetos y una buena colección de yaravíes. Más adelante, Aurelio Miró Quesada llevó a la imprenta una edición ampliada de sus Poesías completas, enriquecida con un extenso volumen de yaravíes que superó notablemente el recuento anterior. En años posteriores, otros especialistas y compiladores profundizaron en su repertorio para reconstruir una visión más fiel de su escencia artística. En 1995, Enrique Carrión Ordóñez presentó una biografía integral que consolidó la idea de Melgar como un precursor de una literatura nacional en constante diálogo con las tradiciones locales y las corrientes europeas.

Poesía

Melgar exploró con continuidad las formas poéticas clásicas —elegías, sonetos, odas y décimas—, pero su renombre se afianzó al incorporar la lírica indígena o mestiza, especialmente a través del harawi, una canción amorosa de corte popular que halló en su pluma unvc capaz de expresar una experiencia íntima y colectiva al mismo tiempo. Al unir elementos de la tradición europea con ritmos y temáticas autóctonas, dio inicio a una poesía de mestizaje que, con el tiempo, sería vista como una cuna de la identidad literaria peruana. Por ello se le reconoce como el creador de una voz nacional, dispuesta a desafiar los moldes impuestos por la estética occidental dominante.

Con frecuencia se lo recuerda como el “poeta de los yaravíes”, una etiqueta que surge por su uso de versos de extensión variada y de una musicalidad que recuerda al quechua. Estos cantos sentimentales, cortos y de cadencia áspera, se convierten en la firma de un modo de expresar el amor, la nostalgia y la pérdida que resuena con la memoria colectiva de la región andina. El tema central de su yaravío es el amor por Silvia, una pasión marcada por el dolor y la desdicha, de la que emergen, a la vez, la esperanza y la resistencia ante la fragilidad humana.

Las bases de su poesía muestran, además, una conciencia de la mortalidad que se materializaría en su breve vida pública. Los poemas de Melgar suelen portar una mezcla de melancolía y lucidez, de forma que el lector percibe en cada verso la huella de un joven que anticipó, con su arte, la posibilidad de una voz regional que reclamara autonomía frente a la hegemonía cultural europea. En ese sentido, su trayectoria antecede a corrientes posteriores y se estudia a menudo como un desencadenante de la llamada poesía nacional, que posteriormente encontraría su camino en las letras de otros creadores.

La recepción internacional de su obra ha sido fecunda, con ediciones y traducciones que han permitido que su poesía, y especialmente sus yaravíes, se incorporen a antologías y estudios donde se aprecia su valor como testimonio de un momento de transición y de afirmación cultural. Sus poemas, lejos de permanecer confinados en la memoria local, han encontrado lectores en distintos continentes, lo que demuestra la universalidad de un sentir que Melgar convirtió en palabra poética.

Fábulas

En el campo de la prosa breve, Melgar bebió de las fábulas de Félix María de Samaniego y Tomás de Iriarte, pero les dio una lectura propia: su visión crítica se orientó a describir la vida cotidiana y a denunciar las condiciones de desigualdad que afectaban a los menos favorecidos, con un claro apoyo a las comunidades indígenas y campesinas. Sus fábulas no eran simples adornos literarios, sino vehículos de reflexión social, y varias de ellas se dirigieron explícitamente contra los abusos de la élite criolla y contra las estructuras que mantenían la dominación externa. En ese sentido, el poeta se inscribió en una tradición didáctica que, al fijar una mirada ética y política, anticipó respuestas de emancipación que resonarían en los años siguientes.

La primera fábula publicada fue El ruiseñor y el calesero, aparecida en 1813 en El Investigador de Lima, una pieza que combinaba la sátira con un llamado a la autonomía popular frente a los gustos impuestos por la clase dominante. Desde entonces, varias piezas semejantes vieron la luz, y en la primera mitad de la década siguiente, la prensa de Arequipa difundió una serie de fábulas políticas que abordaban temas tan diversos como la labor de los obreros, la avaricia de los poderosos y la necesidad de justicia para el mundo indígena. En total, el corpus atribuido a Melgar comprende una decena de fábulas, cada una de las cuales ofrece una mirada aguda sobre la condición humana y la estructura social de su tiempo.

Más allá de las publicaciones, hay constancia de transmisiones posteriores que recuperaron y difundieron estas piezas, revelando la influencia de Melgar en generaciones posteriores de escritores y lectores. En especial, las fuentes periodísticas de Arequipa y Lima consolidaron la reputación de un poeta que sabía convertir la crítica en arte y la crítica en una proyección de futuro. Años después, el diálogo entre estas fábulas y la política de su época dio lugar a análisis que subrayan la originalidad de su enfoque y la vigencia de su mensaje.

Lista de obras

  • Elegías
    • Elegía I (¿Por qué a verte volví, Silvia querida?)
    • Elegía II (¡Oh dolor! ¿Cómo, cómo tan distante?)
    • Elegía III (¿Por qué se aflige, si la noche llega…)
    • Elegía IV (Mustio ciprés que viste)
    • Elegía V (Cuando recuerdo los penosos días)
  • Odas
    • A la libertad
    • A la soledad
    • Al sueño
    • Al autor del mar
    • Al Conde de Vista Florida
  • Fábulas
    • El ruiseñor y el calesero (1811–1813)
    • El murciélago (1813)
    • Los gatos (1815)
    • El cantero y el asno (1815)
    • Las abejas (1827)
    • El asno cornudo (1827)
    • Las cotorras y el zorro (1830)
    • Las aves domésticas (1831)
    • El Sol (publicación póstuma, 1891)
    • La ballena y el lobo (datos manuscritos, Museo de Indiana)
  • Epístola
    • Carta a Silvia
  • Sonetos
    • La mujer
    • A Silvia (carta de amor)
  • Yaravíes
    • 71 versos en total

Valoración

Para el crítico Augusto Tamayo Vargas, Melgar no solo anticipó el romanticismo sino que también inauguró una ruta hacia un nacionalismo literario en América, al crear una voz que recogía lo indígena y lo hispano en un diálogo novelista. Su juventud contrasta con la firmeza de su convicción: amó la libertad, respetó la naturaleza y entregó su vida a la causa de la patria, aun cuando el mundo que conocía era reacio a sus innovaciones. En su mirada, la poesía dejó de ser mero entretenimiento para convertirse en un acto de afirmación colectiva, un espejo de las aspiraciones de un pueblo que buscaba su propio camino, alejado de los cánones europeos que dominaban las letras de la región.

La crítica inicial recibió con cautela su poesía, y las publicaciones que recogieron su obra en el siglo XIX no siempre le otorgaron el lugar que luego le fue ganado por la memoria popular. Sin embargo, con el tiempo se consolidó la valoración de Melgar como precursor de una poesía peruana que fusionaba lo tradicional con lo moderno, que decía lo que otros no se atrevían a decir y que, sobre todo, dejó sembradas las semillas de una identidad que se forjaría con el esfuerzo de varias generaciones. En ese sentido, su figura se convirtió en un símbolo de la creatividad que se nutre de la memoria de la región y de las circunstancias históricas para orientar la imaginación de su gente.

En síntesis, Melgar no es solo un poeta de la ciudad de Arequipa o de su generación: es un puente entre tradiciones y futuros posibles, un testimonio de que la palabra puede convertirse en arma, consuelo y promesa. Su vida, entre la sala de estudios, la pasión amorosa, la lucha por la independencia y la muerte prematura, configura una biografía que, más allá de su extensión, resuena como una declaración de identidad para el Perú y para América, en un periodo en el que el mundo hispanoamericano buscaba su propio rostro literario y político.

Imágenes de Mariano Melgar