Maurice Béjart
| Nombre completo | Maurice-Jean Berger |
|---|---|
| Nombre nativo | Maurice Béjart |
| Descripción | Bailarín y coreógrafo franco-suizo |
| Fecha de nacimiento | 01-01-1927 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 22-11-2007 |
| Nacionalidad | Francia, Suiza |
| Ocupaciones | bailarín, coreógrafo, guionista, maestro de ballet, bailarín de ballet, escenógrafo, diseñador de vestuario, diseñador de iluminación, guionista de cine, actor de cine, director de cine, realizador de televisión, director de fotografía |
| Géneros | Danza moderna, ballet neoclasico |
| Grupos | Academia de Bellas Artes |
| Idiomas | francés |
| Hermanos | Alain Béjart |
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Maurice Béjart, cuyo nombre de pila fue Maurice-Jean Berger, dejó una marca imborrable en la danza al presentar un ballet expresionista que trascendía estilos y fronteras. Nacido en Marsella en 1927 y fallecido en Lausana en 2007, convirtió el movimiento moderno en un lenguaje poético que abordaba grandes temas humanos. Su ciudadanía suiza, obtenida a título póstumo, fue el cierre de una trayectoria marcada por la audacia y la renovación constante.
Maurice Béjart, cuyo nombre de pila fue Maurice-Jean Berger, dejó una marca imborrable en la danza al presentar un ballet expresionista que trascendía estilos y fronteras. Nacido en Marsella en 1927 y fallecido en Lausana en 2007, convirtió el movimiento moderno en un lenguaje poético que abordaba grandes temas humanos. Su ciudadanía suiza, obtenida a título póstumo, fue el cierre de una trayectoria marcada por la audacia y la renovación constante.
Biografía
Maurice Béjart llegó al mundo en una ciudad portuaria del sur de Francia, hijo de un filósofo de renombre. La pérdida de su madre, ocurrida cuando él apenas iniciaba la niñez, marcó un periodo de búsqueda interior. Para fortalecerse, recibió orientación médica que le llevó a acercarse al mundo de la danza, sin perder de vista su curiosidad intelectual. En paralelo, completó estudios superiores y obtuvo una licenciatura en Filosofía, una base que más tarde enriquecería su mirada escénica.
Después de escuchar a un intérprete de renombre, decidió volcarse por completo hacia la danza. A los catorce años ya formaba parte de la compañía de la Ópera de Marsella, donde se formó bajo la tutela de maestros consolidados y se adentró en tradiciones de gran prestigio. Más tarde, recibió formación de maestros de gran influencia y afinó su técnica en París, en escenarios como la Ópera, ampliando su red de contactos y repertorios. Sus primeras colaboraciones lo condujeron por Vichy, junto a bailarinas destacadas, y a encuentros artísticos decisivos con figuras como Janine Charrat y Yvette Chauviré.
Adoptó su seudónimo en honor a Armande Béjart, la esposa de Molière, una decisión que simbolizaba su deseo de acercar la grandeza del pasado a una audiencia contemporánea. En 1951, inició una fructífera alianza con Birgit Cullberg y dio inicio a su propio camino coreográfico en Estocolmo, creando su primer ballet, L'Inconnu, y explorando posteriormente piezas de gran resonancia como El pájaro de fuego.
En 1953 dio forma a su primera compañía estable, los Ballets de l'Étoile, junto a Jean Laurent, con los que obtuvo un reconocimiento inmediato de la crítica y el público. No tardó en presentar obras que desbordaban la rigidez de las estructuras clásicas, y en 1955 presentó Symphonie pour un homme seul, una creación colaborativa con Pierre Henry y Pierre Schaeffer que marcó un hito en su trayectoria.
La curiosidad de Béjart lo llevó a Bruselas, donde recibió un encargo de la Monnaie para crear un ballet para una compañía estable. De ese encargo nació la célebre La consagración de la primavera (1959), que debutó el 8 de diciembre de ese año ante un público internacional y consolidó su reputación de innovador. En esa producción, Germinal Casado y Tania Bari brillaron como intérpretes fundacionales, consolidando a Béjart como un referente de vanguardia.
A lo largo de su carrera, aproximadamente dos centenares de ballets pasaron por su pincelada coreográfica, la mayor parte creados para su propia compañía y con la constante búsqueda de una síntesis entre canto, gesto y música. Su método integró elementos del teatro total, con una presencia escénica contundente y, a menudo, una narrativa que llegaba al público a través de una experiencia sensorial amplia.
En los años sesenta, Béjart dio un paso más allá y estableció un centro de creación llamado Mudra, con base en Bruselas, con la misión de difundir un planteamiento escénico que combinaba gestos poéticos, recursos visuales potentes y, en ocasiones, palabras. Este proyecto abrió una ruta de experimentación para generaciones venideras y dejó una herencia visible en la escena europea de baile moderno.
Quienes cuestionaban la amplitud filosófica de su discurso hallaban en sus obras una provocación constante, pero Béjart supo atraer a figuras de renombre como Rudolf Nuréyev, Maia Plisiétskaia, Michaël Denard y otros nombres clave que colaboraron con él en distintas etapas. A la vez, su presencia en escenarios internacionales convirtió a su estilo en un referente para intérpretes de distintas generaciones.
La sede de su proyecto principal se trasladó a Suiza, consolidándose en Lausana, donde el entramado institucional dio soporte a su visión de danza como arte total. En los últimos años, su obra se sintetizó en creaciones que cruzaron fronteras, y su último ballet, Le tour du monde en 80 minutes, cerró un ciclo que combinó viaje, memoria y reflexión estética.
La salud, que ya le había puesto límites en ciertas temporadas, terminó por vencerle después de una hospitalización en Suiza, donde falleció a los ochenta años, tras una larga lucha contra infecciones. Su desaparición dejó honda una estela de proyectos pendientes, pero también un legado que continuó inspirando a compañías y bailarines de todo el mundo.
Bélgica, el Ballet del siglo XX y la escuela Mudra
En 1959 Béjart se encontró con una realidad institucional que no le ofrecía el apoyo deseado para montar su compañía en París, y por ello decidió trasladarse a Bélgica, país que se convertiría en su escenario principal durante más de un cuarto de siglo. Allí encontró un polo institucional clave bajo la dirección de Maurice Huisman, quien regía la Ópera y el Teatro Real de la Monnaie, y desde esa plataforma gestó una de sus obras más influyentes.
En la capital belga, Béjart presentó La consagración de la primavera en una versión que marcó un antes y un después para la danza contemporánea. Su relación con La Monnaie se convirtió en una alianza de largo aliento, y el acuerdo inicial evolucionó hacia un proyecto estable que dio origen al Ballet del siglo XX en 1960. Con esa estructura, viajó por el mundo, llevando un ballet de vanguardia a audiencias a las que antes la danza moderna tenía limitada la mirada.
Uno de los hitos que definieron su repertorio en ese periodo fue Boléro, estrenado en Bruselas con la bailarina Duška Sifnios, seguido de una serie de intérpretes que aportaron su sello personal a distintos repartos, entre ellos Tania Bari, Suzanne Farrell, Louba Dobrievic, Anouchka Babkine, Angèle Albrecht, Shonach Mirk y Jorge Donn. A partir de estas colaboraciones, Béjart consolidó una estética que combinaba teatralidad, color y una narrativa coral en la que tanto hombres como mujeres podían ocupar roles protagónicos.
Entre las innovaciones pedagógicas de Béjart, destacó la idea de crear una escuela de danza que integrara enseñanza académica y formación profesional, bajo la influencia de la Monnaie y de planes educativos de Buselas. Este intento, que se presentó entre 1960 y 1961, no prosperó de inmediato, pero sembró una semilla que evolucionaría más tarde hacia una visión de “humanidades coreográficas” que convivían con una disciplina técnica sólida.
París recibió a Béjart en 1964 con la interpretación de obras de Berlioz, y dos años después el ciclo llegó a Romeo et Juliette, consolidando su reputación en la escena occidental. En 1967, Aviñón abrió sus puertas a la danza y invitó al Ballet del siglo XX para presentar un programa que incluía una de sus piezas emblemáticas, Messe pour le temps présent, compuesta con la colaboración de Pierre Henry y Michel Colombier. El éxito en esa edición fortaleció su vocación internacional.
En 1970 nace la Escuela Mudra en Bruselas, concebida para formar, bajo una dirección artística de Micha van Hoecke, jóvenes bailarines con talento que más tarde serían protagonistas de la escena contemporánea. La academia se convirtió en semillero de figuras que, luego, aportaron a la danza europea una visión renovadora. En 1977 amplió su alcance con la creación de la Mudra-Afrique en Dakar, homenaje a la memoria de Fatou Diagne, bisabuela de un filósofo y figura de la herencia Berger, en un gesto que conectaba Europa y África a través de la danza.
La década de los sesenta y setenta dejó, además, una herencia pedagógica y estéticas que se reflejaría en futuros proyectos y en un crecimiento sostenido de la Escuela Mudra, que se convirtió en un referente para jóvenes bailarines de todo el mundo.
Repertorio persa
En la década de 1970, Béjart volcó su atención hacia la danza inspirada en tradiciones persas. Sus montajes se presentaron en festivales de artes en Shiraz y Persépolis, con el apoyo de la Shahbanou Farah Pahlavi, una figura que impulsaba las relaciones culturales entre Irán y Europa. De esa colaboración surgieron dos obras centrales: Gulistán y Farah, encargadas para el Ballet del siglo XX y estrenadas en 1973 y 1976, respectivamente, y ambas ancladas en melodías tradicionales iraníes.
Gulistán, inspirado en la célebre colección poética de Saadi, buscaba evocar la belleza del jardín y sus imágenes, mientras Farah rendía homenaje a la figura de la Shahbanou en una coreografía pensada para un gran elenco. Para la realización de estas piezas, Béjart trabajó con músicos y especialistas iraníes vinculados a instituciones nacionales dedicadas a preservar y difundir la música tradicional persa, lo que enriqueció el vocabulario sonoro de su danza.
La experiencia iraní dejó una huella profunda en su trayectoria, hasta el punto de acercarse al Islam. Después de un encuentro con el maestro Nour Ali Elahi, Béjart exploró una espiritualidad que se convertiría en un eje de su obra. Aunque afirmó haber abrazado una fe islámica de manera personal, en 2006 expresó que para él la idea de conversión era un término que no le parecía adecuado, subrayando la complejidad de su recorrido interior y artístico.
Este periodo marcó una fusión entre imágenes escénicas, música y una apertura hacia culturas distintas, que enriqueció el imaginario de Béjart y amplió el mapa de la danza contemporánea a nivel global.
Suiza, el Ballet Béjart de Lausana y la Escuela Mudra
En 1986, una agria disputa con el célebre bailarín Rudolf Nuréyev —entonces máximo responsable del cuerpo de ballet de la Ópera Nacional de París— desató tensiones que tuvieron repercusiones institucionales. En un episodio de confrontación, Béjart nombró a dos bailarines como estrellas sin autorización, lo que obligó a retractarse ante la presión de Nuréyev.
Años después, pese a este conflicto, la relación con Bruselas siguió su curso y, en 1987, tras un desencuentro con el director de La Monnaie, Béjart dejó Bélgica en plena gira por San Petersburgo. La oferta de establecerse en Lausana, una ciudad suiza donde ya residía, se convirtió en una oportunidad para reconfigurar sus proyectos. En pocas semanas disolvió el Ballet du XXe y dio forma a un nuevo grupo, el Béjart Ballet Lausanne, que heredó el impulso creativo de su etapa anterior y abrió un capítulo de continuidad en la escena internacional.
La llegada a Lausana coincidió con reconocimientos de alto nivel: en 1988, el monarca Balduino de Bélgica reconoció de nuevo su aporte a la danza, nombrando a Béjart Gran Oficial de la Orden de la Corona, en una distinción que subrayaba su perfil de embajador cultural. Un año después, la compañía vivió la desaparición momentánea del centro Mudra, pero la reconfiguración institucional no tardó en mostrar su continuidad: en 1992, con el impulso privado de Philippe Braunschweig y la Fundación Philip Morris, se reabrió la Escuela Mudra de Lausana, consolidando un programa formativo de dos años que se convirtió en uno de los referentes mundiales para la formación en danza clásica y contemporánea.
En 1998, la voz de la justicia se alzó contra Béjart, cuando recibió una sentencia de plagio relacionada con Le Presbytère, cuyas escenas se detectaron como copia de La Chute d'Icare de Frédéric Flamand. Este episodio no empañó por completo su influencia, pero sí dejó una marca en su trayectoria y en la relación entre creatividad y originalidad.
Antes de cerrar su ciclo vital, Béjart organizó una fundación, la Fundación Maurice Béjart, con la intención de conservar y ampliar el legado del coreógrafo. En el testamento dejó a la fundación la titularidad de sus derechos de autor y, de ese modo, creó un mecanismo para sostener la formación de nuevos bailarines, apoyar económicamente a artistas necesitados y financiar investigaciones médicas vinculadas a hospitales y universidades que pudieran ser de beneficio para el mundo de la danza. Y así nació un programa con tres pilares fundamentales: apoyo a la formación de jóvenes de entornos vulnerables; auxilio directo a bailarines y producciones; y respaldo a compañías y a la investigación médica para bailarines.
- Apoyar la formación de bailarines procedentes de entornos desfavorecidos mediante becas y acceso a escuelas profesionales.
- Proporcionar ayuda económica a artistas y proyectos que lo requieran para sostener la producción y la circulación de obras.
- Respaldar proyectos de investigación en el ámbito de la medicina aplicada a la danza, para contribuir al bienestar físico de los intérpretes y al desarrollo de tratamientos para lesiones.
Ballets principales
- 1955 — Symphonie pour un homme seul (París).
- 1957 — Sonate à trois (Essen).
- 1958 — Orphée (Lieja).
- 1959 — Le Sacre du printemps (Bruselas).
- 1960 — Boléro (Bruselas).
- 1961 — Les Quatre Fils Aymon (Bruselas).
- 1964 — IXe Symphonie (Bruselas).
- 1966 — Roméo et Juliette (Bruselas).
- 1967 — Messe pour le temps présent (Aviñón).
- 1968 — Bhakti (Aviñón).
- 1971 — Chant du compagnon errant (Bruselas).
- 1972 — Nijinsky, clown de Dieu (Bruselas).
- 1975 — Pli selon pli (Bruselas).
- 1976 — Heliogabale (Irán).
- 1976 — Isadora (Ópera de Monte-Carlo).
- 1976 — Le Molière imaginaire (París, Comédie-Française).
- 1985 — Le Concours (París).
- 1986 — Arepo (Ópera de París).
- 1987 — Souvenir de Léningrad (Lausanne).
- 1988 — Piaf (Tokio).
- 1989 — 1789… et nous (París).
- 1990 — Ring um den Ring (Berlín).
- 1990 — Pyramide (El Cairo).
- 1991 — La Mort subite (Recklinghausen, Alemania).
- 1991 — Tod in Wien (Viena).
- 1992 — La Nuit (Lausanne).
- 1993 — Mr C… (Tokio).
- 1995 — À propos de Shéhérazade (Berlín).
- 1997 — Le Presbytère… (Bruselas).
- 1999 — La Route de la soie (Lausanne).
- 2000 — Enfant-roi (Versalles).
- 2001 — Lumière (Lyon).
- 2001 — Tangos (Ginebra).
- 2001 — Manos (Lausanne).
- 2002 — Mère Teresa et les enfants du monde.
- 2003 — Ciao Federico, homenaje a Fellini.
- 2005 — L’Amour - La Danse.
- 2006 — Zarathoustra.
- 2007 — Le Tour du monde en 80 minutes.
Posteridad
El alcance de su legado dejó a Bélgica una huella institucional permanente. En la primavera de 2008, tras el anuncio de su muerte, se gestó la creación de una casa dedicada al maestro en Belga, concebida como una fundación de interés público para salvaguardar su obra y la danza en general. Su gestación contó con el impulso de la escritura y la academia, y su comité de honor reunió a personalidades representativas de las artes y la política de la región.
La Maison Maurice Béjart se constituyó como un refugio cultural que preserva, estudia y difunde su legado, así como las memorias de la danza que él mismo impulsó. En su seno se promueve la investigación, la enseñanza y la difusión de la coreografía, buscando sostener proyectos que amplifiquen el alcance de las artes escénicas y su impacto social. Esta casa está situada en el epicentro de la memoria dancística que Béjart forjó a lo largo de décadas, y funciona como memorial vivo de su pensamiento estético y pedagógico.
En 2017, la institución continuó expandiendo su mirada, designando a Walid Aouni como comisario artístico de una gran exposición titulada “Béjart y el jardín de rosas”. Este proyecto, concebido para retornar a la escena la riqueza de su trayectoria, mostró cómo su obra sigue dialogando con nuevos públicos y con otras instituciones culturales. La figura de Béjart permanece así no solo en archivos, sino en el cuerpo mismo de las prácticas coreográficas contemporáneas.