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Ricardo Baroja

Nombre completo Ricardo Baroja
Descripción Artista español
Fecha de nacimiento 12-01-1871
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 19-12-1953
Nacionalidad España
Ocupaciones pintor, escritor, archivero, ilustrador, grabador
Grupos Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos
Idiomas español
HermanosPío Baroja, Carmen Baroja
EsposasCarmen Monné
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Ricardo Baroja y Nessi nació en una localidad minera del sur de España y vivió una vida de múltiples facetas artísticas, políticas y culturales que lo llevó desde la pintura y el grabado hasta la escritura y el ámbito teatral. Su trayectoria, fuertemente ligada a su familia, lo sitúa como una figura singular en la historia de las artes ibéricas, destacándose por una entrega constante al oficio pictórico y a la investigación literaria, así como por su espíritu inquieto y viajero.

Ricardo Baroja — Imagen principal

Ricardo Baroja y Nessi nació en una localidad minera del sur de España y vivió una vida de múltiples facetas artísticas, políticas y culturales que lo llevó desde la pintura y el grabado hasta la escritura y el ámbito teatral. Su trayectoria, fuertemente ligada a su familia, lo sitúa como una figura singular en la historia de las artes ibéricas, destacándose por una entrega constante al oficio pictórico y a la investigación literaria, así como por su espíritu inquieto y viajero.

Biografía

Con una década más de vida que su célebre hermano Pío, Ricardo se vio obligado a migrar en su infancia debido a la profesión itinerante de su padre, Serafín Baroja, ingeniero de minas. La familia se trasladó a San Sebastián y, poco después, ingresó en la capital, Madrid, para iniciar una ruta que lo acompañaría durante años. La movilidad temprana le ofreció un mosaico de experiencias urbanas que forjaron su mirada y su sensibilidad artística, incómodas con la rigidez de un ritmo académico tradicional y abiertas a la diversidad que ofrecían las ciudades hispanas de entonces.

En los años de la adolescencia, el joven Baroja pasó por Pamplona y Bilbao, acumulando impresiones de distinto relieve que influirían en su forma de ver el mundo. A los dieciséis años dio un paso decisivo al ingresar en una escuela técnica de Madrid, aunque un brote de tuberculosis obligó a replantear su futuro. Sus planes iniciales de una carrera ingenieril se desvanecieron, y su vocación por el arte se convirtió en el norte. La salud, más adelante recuperada, dejó claro que el sendero creativo sería el que realmente lo llamaba.

Con el ánimo de hallar un marco profesional para su talento, decidió formarse en la Escuela de Diplomática y, a la par, ampliar sus conocimientos pictóricos en una academia, donde recibió clases de un maestro llamado Eugenio Vivó. Entre círculos artísticos de Málaga y Valencia fue nutrido por el sabor de la tradición española de la pintura, evocando a maestros como Francisco Domingo Marqués e Ignacio Pinazo y, sin embargo, manteniendo cierta distancia de las corrientes dominantes de su tiempo, como la de Joaquín Sorolla.

En Valencia empezó una larga amistad con el pintor Julio Peris Brell, que sería crucial para su desarrollo estético. Mientras tanto, colaboró ilustrando los primeros libros de su hermano, estableciendo una conexión temprana entre literatura y artes visuales que marcaría su itinerario futuro. El vínculo fraternal y el deseo de trazar puentes entre disciplinas se convirtió en una constante de su trayectoria.

Ya con mirada independiente, recibió destinos en el ámbito del archivo y la biblioteca, inicialmente en Cáceres en 1897, y luego en Bilbao y Teruel; experiencias que, lejos de encasillarlo, alimentaron su mente curiosa y su voluntad de explorar. En 1901 trabajó en la biblioteca provincial de Segovia y, para 1902, dio por terminada esa etapa de su vida profesional, consciente de que su verdadera vocación residía en la creación plástica y literaria, más que en una carrera burocrática. La decisión de buscar libertad creativa superó cualquier techo institucional.

Durante estas décadas iniciales, Baroja colaboró como ilustrador en publicaciones como Alma Española, Arte Joven y Electra, en ocasiones bajo el seudónimo de Juan Gualberto Nessi. Participó activamente en tertulias de gran tradición cultural: el Café Levante, donde frecuentó a Valle-Inclán, y otros cafés literarios como El Lion d’Or, Café Pombo y El Gato Negro. Estas reuniones dejaron huellas en su obra y en su libro Gente del 98, que recogió memorias y observaciones de aquel ambiente intelectual. La conversación entre artes y letras marcó su identidad pública.

Ricardo y Pío Baroja realizaron viajes por España que fortalecieron su visión documental y gráfica. En compañía de amigos y familiares, recorrieron ciudades como Soria, de la que dejó un testimonio visual. Ambos hermanos, además, colaboraron en la redacción de El Globo, y entre sus tareas llegó un encargo de viajar a Marruecos para cubrir escenarios que impactarían su sensibilidad artística. En lo personal, Ricardo nunca dejó de lado su compromiso con el grabado y la pintura, mostrando una entrega constante al oficio. La mezcla de viajes y producción artística fue su eje vital.

En el expediente de su trayectoria, destacan sus exposiciones en Bilbao, San Sebastián y Madrid, donde mostró avances en técnica de aguafuerte y fortaleció su presencia en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1901, 1906, 1910, 1912, 1920, 1924, 1926, 1930 y 1936. Sus paisajes y retratos, a medio camino entre lo goyesco y lo romántico, encontraron un público enamorado de la fusión entre lo popular y lo expresivo. Ganó distinciones que consolidaron su reputación como grabador.

En 1903 fundó, junto a Pablo Picasso y Francisco de Asís y Soler, el grupo Arte Joven, un proyecto que abría caminos a una renovación estética y que lo llevó a visitar París en 1905 para nutrirse de propuestas transatlánticas. Más adelante, 1908 y 1909, marcó paradas en Sevilla y Toledo, ampliando su horizonte de influencias. En 1910 cofundó la Sociedad de Grabadores Españoles, que se reorganizó como Los 24, un colectivo que publicó tres números de la revista La Estampa antes de que el Círculo de Bellas Artes asumiera su edición. La experimentación y la comunidad artística definieron esta etapa.

Amplio también su faceta teatral, y la experiencia abarcó desde el escenario hasta la pantalla muda: participó en producciones de marcado acento vanguardista y, para 1915, estrenó El Cometa con la compañía de María Guerrero; dos años después, apareció como novelista con Aventuras del submarino alemán U…; colaboró como asesor en la colección Biblioteca de Arte de su cuñado Rafael Caro Raggio. En 1920 vio la luz Fernanda, y en 1925 dio una conferencia que marcó un punto de quiebre en su relación con la crítica de arte, denunciando actitudes de la época y provocando una resonancia que continuaría. Su temperamento crítico dejó huella en la escena cultural.

En 1926 publicó El pedigrée, consolidando su perfil de creador politizado y autosuficiente. En lo personal, contrajo matrimonio en 1919 con Carmen Monné, quien provenía de una familia estadounidense con raíces francesas; juntos participaban activamente en compañías teatrales aficionadas, como El mirlo blanco y El cántaro roto, este último disuelto por la dictadura, un hecho que les causó profundas protestas. En 1928 recibió la designación de profesor en la Escuela Nacional de Artes Gráficas y, desde entonces, volvió a la labor grabada con renovada intensidad. La vida de pareja y la actividad pedagógica totales le dieron un nuevo impulso creativo.

En los años previos a la guerra, Baroja se movió entre tertulias y reuniones culturales: la Cacharrería, el Granja El Henar y, especialmente, el Café Varela, donde convivían figuras como Antonio Machado y Manuel Machado. Estas convivencias fortalecían su discurso artístico y su compromiso con la vida cívica. El contexto político de la República le provocó tensiones con figuras como Manuel Azaña, mientras un accidente en Navalcarnero en 1931 le costó la vista de su ojo derecho y lo obligó a abandonar la pintura y el grabado para volcarse en la escritura. La desgracia personal coincidió con un giro hacia la literatura.

La entrega literaria prosperó: en 1935 obtuvo un premio nacional de literatura por La Nao Capitana y, desde ese año, colaboró articulando crónicas sobre las tertulias madrileñas para Diario de Madrid, trabajos que más tarde darían forma al libro Gente del 98, publicado en 1952. A la distancia, junto a su esposa y otros escritores, fue cofundador, el 11 de febrero de 1933, de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, un gesto político que reflejaba su vocación por la investigación y el debate cultural en torno a modelos alternativos de desarrollo social. La vida pública se halló entre la crítica y la defensa de ideas progresistas.

Durante la década de la II República, Baroja participó asiduamente en el periódico La Tierra, y en 1931 ya había presentado su renuncia como Secretario de Exposiciones de Bellas Artes. A partir de 1932, inició una serie de columnas bajo el título De buena fe en El Imparcial, en las que no evitó señalar críticas severas a la gestión de la República y a ciertos funcionarios, incluyendo a quienes una vez habían sido cercanos. En 1933 regresó a La Tierra con la columna Ventana abierta, que se extendió a lo largo de un año con una colección de textos que reflejaban su lectura de la realidad del momento. La crítica mordaz acompañó su singladura periodística.

A medida que avanzaba la década, Baroja intensificó su interés por la vida cultural y política de España, presentándose en elecciones con una plataforma obtenida de La Tierra y de una agrupación libertaria, formando parte de una corriente que combinaría republicanismo y una visión ibérica de la identidad. El proyecto político absorbía una parte de su activismo, sin que ello restara protagonismo a su labor creativa y a su constante curiosidad por las distintas formas de arte. La síntesis entre artes y compromiso cívico marcó su estilo político.

La guerra civil dejó huellas imborrables: un bombardeo devastó la vivienda familiar en Madrid, y Ricardo y Carmen buscaron refugio en el caserío Itzea, Vera de Bidasoa, donde vivieron momentos de estrechez económica y continuaron trabajando durante los veranos, pintando y escribiendo con la disciplina de quien sabe que el arte es un refugio frente a la calamidad. Durante ese periodo produjo setenta tablas de carácter bélico que se erigen como una de las aportaciones gráficas más extensas de su tiempo. Obras como Porche del ayuntamiento, La cheka de la posada y Vuelven al pueblo dan testimonio de esa entrega. A la par, escribió títulos como La tribu del halcón y El coleccionista de relámpagos, que se unieron a Bienandanzas y fortunas, Pasan y se van y El Dorado, junto con un importante conjunto de xilografías. La experiencia de la contienda dejó su impronta en toda su narrativa y en su grabado.

A partir de la década de 1940, Baroja volvió a exponer con regularidad en San Sebastián, Bilbao y Madrid, y su presencia se consolidó en el circuito artístico peninsular. Su personalidad, descrita como abierta, polivalente y alegre, contrasta con la timidez de otros creadores de su tiempo. En esa etapa también amplió su campo de trabajo hacia la música, un claro indicio de su condición de artesano total. En 1949 volvió a exponer en San Sebastián y, dos años después, se dio por concluida su actividad creativa con un fallecimiento que, según la crónica, estuvo vinculado al cáncer de lengua provocado por el tabaco de pipa. El envejecer, sin embargo, no apagó su curiosidad ni su deseo de dejar constancia de su mundo. Su legado, amplio y diverso, siguió siendo motivo de admiración.

En 1957, su viuda organizó una exposición-homenaje que recogiera la totalidad de sus obras disponibles, un gesto de reconocimiento que se realizó con apoyo del Museo de Arte Moderno de Madrid. A diferencia de la austera apariencia de su hermano, Ricardo fue, por el contrario, un hombre de ánimo expansivo y múltiples atuendos creativos. Su labor gráfica es considerada en la actualidad como una continuidad de la estela goyesca que encarnó Goya, y su producción supera con creces la centena de grabados, cerca de mil pinturas al óleo y un conjunto numeroso de libros que abrazan ensayos, novelas y crónicas; además, dejó un legado de artículos que circuló en diversas revistas y periódicos. La amplitud de su obra lo sitúa entre los grandes de la plástica y la literatura.

Obra literaria

Theatro

  • El Cometa, estrenada en 1915 por una compañía de la casa María Guerrero.
  • Camino, publicada en el mismo año.
  • Marino Faliero, 1922, drama en su primera versión.
  • Olimpia de Toledo, impresión de 1923.
  • El Pedigrée, impresión de 1924.
  • Marinos vascos, puesta en escena en 1926.
  • El maleficio, estreno de 1926.
  • El torneo, estrenado también en 1926.

Narrativa

  • Aventuras del submarino alemán U: Narración de un viaje en sumergible por el Mediterráneo y el Atlántico (1917).
  • De tobillera a cocotte (1919).
  • Fernanda (1920).
  • Fiebre de amor (1921).
  • Los tres retratos (1930).
  • La nao Capitana: cuento español del mar antiguo (1935) — Premio Nacional de Literatura de novela en 1936.
  • La tribu del halcón: cuento prehistórico de actualidad y El coleccionista de relámpagos (1940).
  • Bienandanzas y fortunas. Novela histórica (1941).
  • Pasan y se van (1941).
  • Clavijo: tres versiones de una vida, (1942).
  • El Dorado (1942).
  • Los dos hermanos piratas (cuento del mar Mediterráneo) (1944).

Ensayo

  • Conferencia La crítica de arte, de 1925.
  • Prólogo a Goya, de Laurencio Matheron (1941).
  • Gente del 98 (1952), persistente en su versión ampliada de 1969 con el título Gente de la generación del 98.
  • La plasmogenia, divagación pseudocientífica (sin fecha).

Filmografía

  • 1927 Al Hollywood Madrileño, dirigida por Nemesio Sobrevila; participación como actor y, en algunos casos, intérprete de voz.
  • 1928 Zalacaín el aventurero, dirigida por Francisco Camacho; apareció en el reparto y, en ciertos casos, se le atribuye pérdida de imágenes en la copia.
  • 1929 El sexto sentido, dirigido por Nemesio Sobrevila; intervención como actor.
  • 1931 La incorregible, dirigida por Leo Mitller; participante sonoro.
  • 1947 La nao Capitana, adaptación de su propia novela; dirigida por Florián Rey.

Reconocimientos

Hoy existe una calle que lleva su nombre en Minas de Riotinto, un reconocimiento impulsado por el responsable de Cultura de Izquierda Unida y por la segunda tenencia de alcalde entre 1995 y 1999, Manuel Díaz Salgado. Este gesto de memoria sintetiza la forma en que la ciudad conserva la memoria de un artista que convirtió su vida en una constelación de prodigios creativos y de compromiso con la escena cultural de su tiempo. La influencia de Baroja y Nessi perdura en el patrimonio artístico de la región.

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