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Valentín Canalizo

Nombre completo Valentín Canalizo
Nombre nativo José Valentín Raimundo Canalizo Bocadillo
Descripción Militar y político mexicano; 13.° presidente de México
Fecha de nacimiento 14-01-1794
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 20-02-1850
Nacionalidad México
Ocupaciones político, ministro, militar
Idiomas español
EsposasJosefa Dávila
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José Valentín Raimundo Canalizo Bocadillo emergió en un México convulso como un militar y político de enorme presencia, capaz de navegar entre los mandos de campaña y las antiguas estructuras de poder. Nacido en el noreste del país, su vida se desdobla entre combates, maniobras políticas y momentos decisivos que marcaron la primera mitad del siglo XIX. Su trayectoria, signada por lealtades cambiantes y una capacidad para sobrevivir a las crisis, lo ubicó como una figura central del periodo denominado Decenio Centralista, en el que el Ejército asumió roles decisivos en la conducción del destino nacional. En su tiempo, Canalizo fue varias veces gobernante interino y ejerció cargos relevantes, hasta convertirse, de forma inusual, en uno de los presidentes nacidos en Nuevo León.

Valentín Canalizo — Imagen principal

José Valentín Raimundo Canalizo Bocadillo emergió en un México convulso como un militar y político de enorme presencia, capaz de navegar entre los mandos de campaña y las antiguas estructuras de poder. Nacido en el noreste del país, su vida se desdobla entre combates, maniobras políticas y momentos decisivos que marcaron la primera mitad del siglo XIX. Su trayectoria, signada por lealtades cambiantes y una capacidad para sobrevivir a las crisis, lo ubicó como una figura central del periodo denominado Decenio Centralista, en el que el Ejército asumió roles decisivos en la conducción del destino nacional. En su tiempo, Canalizo fue varias veces gobernante interino y ejerció cargos relevantes, hasta convertirse, de forma inusual, en uno de los presidentes nacidos en Nuevo León.

Biografía

Primeros años

El lugar de origen del protagonista fue Monterrey, en Nuevo León, donde vio la luz el 12 de febrero de 1794, en el seno de una familia con antecedentes modestos pero con aspiraciones para sus hijos. Sus progenitores fueron Vicente Canalizo y María Josefa Bocadillo. Desde joven, la vocación militar se presentaba como una vía atractiva, especialmente para quienes contaban con familiares en el ámbito castrense que podían abrir puertas. Por ello, poco después de iniciada la gesta de independencia, Canalizo viajó junto a parientes cercanos hacia Querétaro, con la finalidad de obtener plaza como cadete en las filas provinciales de infantería y, en ese viaje, quedó vinculado a Celaya… Allí inició su formación militar el 30 de agosto de 1811, antes de que aquel cuerpo fuese refundido en un regimiento consolidado que acompañaría su evolución hasta 1821.

En aquellos años de intensa lucha por la libertad, el joven Canalizo adoptó la disciplina de las primeras filas del ejército realista, experiencia que lo llevó a recorrer buena parte del territorio nacional. Su aprendizaje transcurrió en campañas contra los insurgentes que se sucedían en el centro y el Bajío durante 1814, y de manera destacada participó en acciones como Purísima, Quemada y San Miguel el Grande; más tarde, en 1815, intervino en la ofensiva del valle de Santiago y, en el sitio de Copero, recibió una herida en el brazo derecho durante un intento de asalto. Esa herida se convirtió en un símbolo de su temple combativo, pues fue durante esa acción que la unidad fue derrotada en ese único tropiezo significativo en la trayectoria de Iturbide. Este periodo forjó su carácter de guerrero endurecido, consciente de que la suerte del país dependía de la capacidad de sus hombres para sostenerse en los momentos de mayor presión.

Con el paso de los años, los ascensos llegaron con rapidez. En 1816 recibió el grado de subteniente y, al siguiente año, fue promovido a teniente. Algunos historiadores han descrito esa etapa como una etapa en la que Canalizo mostraba una contundente determinación, a la vez que formaba parte de un conjunto de oficiales que, bajo las órdenes de Iturbide, no dudaban en tomar decisiones severas ante los prisioneros insurgentes. Sin embargo, conviene recordar que en ese tramo él actuaba como subordinado dentro de una organización en constante movimiento.

En el ejército de Agustín de Iturbide

En 1820 Canalizo selló su compromiso con Iturbide, y abrazó el Plan de Iguala, lo que lo llevó a integrarse al Ejército Trigarante como oficial de alto rango y como parte de la División de Vanguardia. Juró la Independencia de México el 2 de marzo de 1821. Una de sus misiones iniciales consistió en persuadir a las tropas del Regimiento de Celaya para que se unieran al movimiento independentista, una tarea que marcó su posterior trayectoria en el nuevo orden nacional. Con la bandera del Ejército Trigarante, Canalizo ejerció como capitán y participó en la marcha decisiva hacia la capital, acompañando a la división que conducía Iturbide. Sus esfuerzos lo llevaron a estar presente en asedios y tomas de poblaciones como Valladolid, San Juan del Río, Zimapán y Querétaro. En San Luis de la Paz, Guanajuato, se unió a la acción en la que dos regimientos españoles quedaron rendidos en masa, un episodio que aportó prestigio a su nombre.

Durante la Batalla de Azcapotzalco, en las proximidades de la capital, Canalizo recibió una herida en la pierna y, por su valor en combate, fue ascendido a teniente coronel el 19 de agosto de 1821, siendo premiado con un escudo de distinción. Participó de forma destacada en el sitio y la toma de la Ciudad de México, y cuando el Ejército Trigarante entró victorioso a la capital el 27 de septiembre de 1821, Canalizo encabezó la vanguardia junto a su regimiento. En aquellos días de consolidación, se suscribió al Plan de Casa Mata en 1823, que buscaba definir la nueva forma de gobierno tras la consumación de la independencia.

En el ejército mexicano independiente

Con la consolidación de la nación, el ejército recibió una reorganización: el antiguo Regimiento de Celaya pasó a ser el 1° Regimiento de Línea, y Canalizo ya ocupaba el nuevo rango de coronel dentro de las fuerzas nacionales. Su expediente en la Secretaría de la Defensa Nacional describe, con una fisonomía detallada de la época, un retrato de un oficial de alta cuna y de aspecto distinguido, que portaba una complexión serena pero firme, con ojos claros y rasgos vetustos que traían a la memoria las campañas que había vivido. Su trayectoria ya denotaba la mezcla de experiencia bélica y responsabilidad institucional, preparada para mercados políticos que debían definir el rumbo del país.

Detención de Guadalupe Victoria

Aunque la causa independentista había unido a muchos de quienes integraban el antiguo ejército trigarante, las convicciones políticas divergerían tarde o temprano. El complejo sendero hacia una nueva forma de gobierno provocó el surgimiento de facciones y, aun dentro de aquel círculo, Iturbide logró imponerse como presidente de la Junta Provisional y, posteriormente, como emperador. Guadalupe Victoria lideró una conspiración republicana que buscaba restablecer ese ideal, pero Iturbide, al enterarse de la conjura, dio la orden de detenerla, y Canalizo recibió la responsabilidad de hacerlo. En un episodio que pasaría a la historia, Victoria, al intentar escapar durante su traslado, recibió la intervención del sable para evitar su fuga. El episodio dejó huellas en Canalizo y en su relación con la comunidad militar, y se convirtió en un punto crítico de su vida pública. Esa acción dejó un poso de resentimiento que, años después, influiría en su relación con la política de la época y en su trayectoria militar posterior. Este hecho fue recordado por su época como una de las decisiones que definieron su papel en el turbulento arranque del México independiente.

La caída de Iturbide y el ascenso de Victoria al poder provocaron que Canalizo se retirara temporalmente del servicio activo. No desistió de la función pública por completo, ya que regresó al servicio en 1829 ante la amenaza de reconquista y la incursión del general Isidro Barradas a Tampico, un episodio que obligó a reevaluar la defensa nacional. Su regreso al servicio marcó una etapa en la que la lealtad y la disciplina siguieron guiando sus decisiones, incluso cuando la política nacional atravesaba crisis de legitimidad y de liderazgo.

Apoyando al Gral. Anastasio Bustamante

La reincorporación de Canalizo, con el antiguo rango de coronel, lo llevó a respaldar a Anastasio Bustamante en el marco del Plan de Jalapa (1829), una acción que emergía en contra de la administración de Vicente Guerrero. Desde entonces, llevó a cabo una serie de campañas en distintos territorios, buscando mantener la cohesión de las fuerzas armadas bajo un marco centralista. En 1830 participó en la campaña de Puebla, y formó parte de las operaciones en Llano Alto y El Alacrán. En 1831 aportó a la pacificación de la Costa Chica y de la Mixteca, en Oaxaca, frente a las rebeliones de Narváez y Luna. En esa etapa, Canalizo se destacó por su intervención en Etla, Villa que, según la tradición, demostró su capacidad para proteger la población ante las amenazas de saqueo. El historiador Carlos María de Bustamante destacaría luego que su intervención en Etla fue decisiva para evitar un desastre mayor, una hazaña que fue valorada públicamente y que causó resonancia en su carrera. Posteriormente recibió la designación de comandante general del Departamento de Oaxaca y ejerció la gobernanza militar de Oaxaca, además de ocupar cargos en Cuernavaca y el Estado de México. Su trayectoria en el complejo mosaico de la temprana república lo convirtió en un actor con un perfil de alta responsabilidad y ambigüedad política que acompañaría su vida durante años.

Consejo de Guerra y fusilamiento de Vicente Guerrero

En 1831 Canalizo fue ascendido a coronel, y tras asumir cargos de prefectura en Cuernavaca y de teniente gobernador del Departamento de México, su vida dio un giro notable al integrarse al consejo de guerra que se constituyó en Oaxaca para juzgar al expresidente Vicente Guerrero, traicionado y capturado por Francisco Picaluga. Como máximo oficial del consejo, Canalizo presidió el proceso y votó a favor de la pena de muerte para Guerrero. El veredicto se ejecutó en Cuilapam, y la firma de Canalizo quedó grabada en el acta de sentencia. Este episodio dejó una marca en su biografía, que fue tematizada en años posteriores y afectó su imagen pública cuando profundizó su trayectoria política. La resonancia de ese juicio se convirtió en una referencia para su posterior carrera, pues la autoridad que ejerció en ese momento se relacionó con la consolidación del poder en un México en transición.

Rebelde y general

En menos de dos años Canalizo se vio envuelto en nuevas convulsiones políticas: en 1833 protagonizó una rebelión en Ocotlán, Oaxaca, contra las reformas liberales de Valentín Gómez Farías, que intentaban reducir privilegios de Iglesia y militares y reformar el marco de fueros. Bajo la consigna Religión y fueros, se erigió como un defensor de la religión y de la continuidad de los privilegios militares. Aunque el movimiento fue aplastado en gran medida, Canalizo prosiguió la resistencia durante varios meses más hasta que el propio Farías, en busca de estabilidad, adoptó una postura más conciliadora que terminó por debilitar la revuelta. Su actitud le valió, sin embargo, reconocimiento dentro de la jerarquía militar, y en 1835 recibió el grado de general de brigada. En lo que siguió, ocupó cargos importantes como comandante militar del Departamento de Oaxaca, prefecto de Cuernavaca y gobernador del Estado de México, consolidando una presencia institucional que se mantuvo relevante en la compleja coyuntura de la República naciente.

Comandante del Ejército del Norte

En vísperas de un nuevo episodio bélico, Canalizo fue enviado al frente norte para reorganizar y comandar el Ejército del Norte, con sede en Matamoros a las órdenes del general Vicente Filisola. A partir de allí, asumió la jefatura de la División del Norte y emprendió la tarea de reconstruir una fuerza que había recibido golpes severos tras la campaña de Texas. Su gestión permitió restablecer la moral de las tropas y mejorar su capacidad operativa, aun cuando no logró evitar la confrontación con otros frentes de tensión: revueltas indígenas y levantamientos de caudillos locales, que marcarían la lucha constante en la frontera. En esos años, Canalizo evitó involucrarse en acciones de mayor relieve como la Guerra de los Pasteles, pero su labor permitió sostener una capacidad operativa que sería decisiva para el esfuerzo nacional en los años siguientes. Madisoniano el tiempo, sus esfuerzos se centraron en fortalecer lo esencial para la defensa de la nación, a la sombra de un escenario internacional cambiante. Con el triunfo de Santa Anna, su capacidad de respuesta fue reconocida al ser elevado al grado de general de división el 19 de octubre de 1841.

Aliado de Santa Anna

La relación con Antonio López de Santa Anna se convirtió en la clave de su ascenso. Canalizo se integró a una red de militares que, tras el desmoronamiento del federalismo como modelo político, promovió un régimen centralista entre 1835 y 1846. En ese marco, formó parte de una élite que apoyaba a Santa Anna y que, a partir de ese vínculo, permitió la consolidación de una hegemonía militar-política de alcance nacional. Se decía que Canalizo era uno de los más fieles seguidores de Santa Anna, de modo que el general veracruzano lo eligió como su sucesor presidencial en una etapa de fuerte veleidad política. En torno a esa relación también figuraba un lazo personal: fue padrino de la boda de Santa Anna con Dolores Tosta de López de Santa Anna, una muestra de la confianza que se tenía entre ambos.

Con esa alianza, Canalizo formó parte de un bloque de dirigentes surgidos de las filas castrenses que, tras el colapso del esquema federal, buscaron sostener un poder central fuerte, incluso cuando los equilibrios entre las instituciones eran inestables y los pronunciamientos desbordaban la vida política. Esta etapa consolidó su papel en la cúspide de la estructura de mando, que a la postre definiría su influencia y ejercicio de autoridad durante el periodo caracterizado por el centralismo político.

Presidente interino

En septiembre de 1843 Canalizo recibió la designación para encabezar la nación; su investidura fue ratificada por el Senado en enero de 1844, y por un lapso de nueve meses llevó las riendas del poder antes de la llegada de Santa Anna, que retomó la Presidencia. A finales de septiembre de 1844 volvió a jurar como presidente interino, periodo que quedó marcado por el estallido de una revolución que cambiaría el curso de la historia. En esos meses, el general Mariano Paredes y Arrillaga se lanzó a una acción en Jalisco y pronto recibió el apoyo de juntas departamentales de Puebla y Querétaro. Para contrarrestar aquella insurrección, Santa Anna regresó a la capital y partió con tropa hacia Querétaro sin consultar al Congreso, una decisión que provocó el llamado a comparecencia y a explicar la intervención de mando. Durante ese tiempo, la esposa de Canalizo, Josefa Danila, falleció el 22 de ese mes, y la tensión política se anudó con el reingreso de Yucatán a la Unión. En junio, Canalizo entregó el gobierno al general Santa Anna, quien asumió el control, designándolo para comandar la planta mayor y luego como jefe de armas en el marco del pronunciamiento de febrero que restauró la Constitución de 1824.

El Congreso mostró su disgusto ante aquella concentración de poder, y Canalizo, irritado por la presión, dijo que solo suspendía las sesiones para evitar que la República cayera en una situación de desorden. Sus medidas, entre ellas la defensa de la autoridad ejecutiva, provocaron la discusión y la confrontación con figuras como Juan Bautista Morales y Luis de la Rosa, que arreciaron contra su gestión. En un giro que sorprendió a muchos, el Congreso acordó su retiro, y los diputados, reunidos en el convento de San Francisco, solicitaron que fuera removido. En la medianoche del 6 de diciembre, la ciudad respiró con la entrada en escena de la guarnición, que se alineó con el Congreso en un movimiento popular que desbordó la autoridad de Santa Anna. En ese marco, la población derribó una estatua dedicada al dictador y desenterró la pierna que Santa Anna había perdido años antes. En ese momento, Canalizo se encontró con el dilema de hacer explotar el Palacio Nacional, decisión que finalmente no consumó y dejó que la crisis llegara a su desenlace. A la madrugada del 7 de diciembre, con la seguridad garantizada por José Joaquín de Herrera, canalizó la derrota de su gobierno y se rindió sin disparar un solo tiro. Esa gesta entró en la memoria histórica como la revolución de tres horas.

La última batalla

Con la derrota, Canalizo pasó a ser prisionero y fue sometido a un juicio que lo condujo al destierro. Transportado a Cádiz, España, acompañó al gobierno en un periodo de dos años aproximadamente, cuando José Joaquín de Herrera retomó la presidencia y ordenó su expulsión definitiva. En tierras europeas, el general recibió noticias de la guerra que enfrascaba a México con Estados Unidos y, movido por el deber hacia su nación, expresó su intención de regresar para aprestar sus servicios a la defensa del territorio. En una carta fechada 4 de junio, escrita desde Madrid, informó a las autoridades que estaría dispuesto a intervenir de nuevo en la defensa, y que, finalizada la contienda, aceptaría el destierro. En noviembre de 1846, Canalizo desembarcó en Veracruz a bordo del vapor inglés Clayde, una llegada que coincidió con el retorno de Santa Anna al poder y la reanudación de la lucha contra la potencia norteamericana. A su regreso, asumió brevemente el cargo de ministro de Guerra y Marina, entre diciembre de 1846 y febrero de 1847, como parte de la administración que buscaba reorganizar las fuerzas ante la invasión.

Comandante del Ejército de Oriente

En marzo de 1847 fue designado para dirigir el Ejército de Oriente y asumir la jefatura militar del estado de Veracruz. En esa función, ordenó fortificar las alturas de Cerro Gordo para frenar el avance de las tropas norteamericanas, a pesar de las dudas de los ingenieros sobre la conveniencia de ese cerro como posición estratégica. Con la llegada de refuerzos, el general enemigo logró superar aquella defensa y la acción terminó en una derrota que precipitó la desbandada de las fuerzas mexicanas. Canalizo pagó un precio político por aquella derrota: al pasar frente a la fortaleza de Perote, no logró rescatar más que un limitado conjunto de artillería y suministros, una pérdida que generó críticas y un proceso militar posterior.

El balance de aquellos años dejó a Canalizo fuera del escenario de las grandes victorias; en diciembre de 1847 solicitó su baja voluntaria y se retiró a su hacienda de San Gabriel, en un ánimo de desilusión ante el curso de los acontecimientos y frente a una nueva generación de militares que iba tomando el relevo. Su salida coincidió con un periodo en el que el país buscaba redefinir su estrategia de defensa ante un conflicto prolongado y exigente con Estados Unidos. En esas circunstancias, Canalizo se apartó de la batalla y prefirió la vida civil, a la espera de un nuevo capítulo político o militar que no terminó por llegar.

Últimos años

Ya fuera del escenario político, Canalizo atravesó un tramo final de vida en la capital del país, donde falleció el 20 de febrero de 1850 a la edad de 56 años. Su muerte marcó el cierre de una trayectoria marcada por una constante implicación en la vida pública, el combate y la gestión de crisis, en un México que atravesaba cambios acelerados y, a la vez, buscaba consolidar un marco institucional que asegurara la continuidad del Estado. Su figura, compleja y contradictoria, refleja la intensidad de una era donde la disciplina militar y la autoridad ejecutiva convivían con tensiones políticas profundas.

Imágenes de Valentín Canalizo